La programación de Noches del Botánico es una orgía musical tan abundante (más de 50 conciertos a lo largo de dos meses) que alguien tiene que pagar el pato. Ni la suma de madrileños y turistas da para tanto en una ciudad que, además, multiplica su oferta de ocio en estas fechas. El recital de Jeff Goldblum & The Mildred Snitzer Orchestra es uno de los pinchazos del ciclo en 2026, al convocar a unos escasos 1.300 espectadores en un aforo que (incluso con sillas en pista) llega a los 2.500. Pero podríamos darle la vuelta a este argumento: ¿qué concierto de jazz ortodoxo reúne a 1.300 espectadores en Madrid? Pues lo cierto es que ninguno.
Hay un recelo comprensible hacia los actores que salen de gira como músicos, pues cuesta discernir a los que lo sienten de verdad de los que buscan darse un baño de masas. Nadie quiere pagar por presenciar una mamarrachada. Si Kevin Costner es un cantante de country más blando que la mierda de pavo y Steven Seagal creyó que bastaba con doblar la ingesta de carbohidratos para parecerse a B. B. King, a Jeff Goldblum le atravesó hace años el rayo del jazz.

Jeff fundó The Mildred Snitzer Orchestra -a pesar del pomposo nombre, es un quinteto canónico de jazz- hace tres décadas; sin embargo, el primero de sus cinco elepés no se publicó hasta 2018. Lo del actor de La mosca no es un capricho pasajero. Tiene este año una gira que ya ha pasado por Australia, ahora lo hace por Europa y en otoño regresará a los Estados Unidos. De hecho, dos días antes de su «patinazo» en Madrid, logró una buena entrada en el Royal Albert Hall londinense.
Jeff Goldblum en Noches del Botánico
Cabe preguntarse si quienes asisten a su concierto lo hacen por amor al género o porque quieren presenciar en vivo el singular carisma de la estrella. Jeff, de natural agradecido, no tiene ningún dilema con esto: diez minutos antes del comienzo oficial de su concierto, mientras los «pipas» terminan de instalar su piano, sale al escenario y se deja querer por los espectadores que aún están acomodándose en sus asientos.

«Esto no es el show, solo quería salir a decir hola», afirma Jeff, ganándose de partida a todo el auditorio, que quizá ignora que el intérprete hace lo mismo antes de cada actuación (la hoja de su repertorio ya desgrana lo que va a decir en esa aparición «espontánea»). No hay demérito: Jeff es un actor muy bueno y a verle actuar hemos venido.
Jeff Goldblum tiene una energía nerviosa y una claridad mental admirables para sus 73 años, y decide demostrarlo poniéndonos a jugar a las películas. Es él quien guía el discurso, ejerciendo casi de encargado de bingo mientras va cantando los aciertos de los espectadores. Jeff no tiene inconveniente en mencionar a Geena Davis (su exmujer) o a Renny Harlin (el siguiente marido de su exmujer) en la retahíla de cineastas enumerados durante el juego. Casi parece que estuviéramos jugando a «Seis grados de separación con Jeff Goldblum», pues todos los caminos conducen de vuelta a la vasta filmografía del actor.
El mejor festival y la mejor ciudad
Cuando se menciona la película «What’s New Pussycat?», Jeff tararea el estribillo del tema homónimo; peor, seguro, de lo que lo hará Tom Jones en este mismo escenario a finales de mes. Nos asegura que tenemos el mejor festival, la mejor ciudad y el mejor equipo de fútbol. A ratos, dialoga unidireccionalmente con Fernando Trueba, su director en El sueño del mono loco (1989) y en Dispararon al pianista (2023), quien poco puede hacer aparte de saludar una y otra vez desde el palco de invitados, a 25 metros de distancia. Toda esta charada de Jeff está pensada para salas más modestas y queda un poco extraña en un recinto tan abierto como el del Jardín Botánico.
Los miembros de la Mildred Snitzer Orchestra van subiendo subrepticiamente al escenario y, sin que nos demos cuenta, la presentación se convierte en el concierto oficial. Jeff se sienta al piano y se deja embriagar por la música: sus largas extremidades somatizan el ritmo de tal forma que, aunque no haya pantallas para contemplarlo de cerca, no cabe duda de que ese de ahí es Jeff Goldblum. ¿Quién más se mueve así en este planeta?
Seamos francos: Jeff es limitado como cantante y como pianista. No es malo, solo mediocre. Pero habría que ser muy ruin para echárselo en cara cuando contemplas lo feliz que es sobre el escenario, acompañando a esa banda de bregados músicos de jazz.

Jeff no lidera: acompaña
Porque, he aquí su gran acierto, Jeff no lidera: acompaña. Colorea con sus teclas los arreglos de los temas, dejando brillar a sus compañeros, contento de tener el mejor asiento para contemplar su virtuosismo. De hecho, los presenta individualmente una y otra vez después de cada solo. Jeff regala su fama a la Mildred Snitzer Orchestra y luego los deja hacer. Debería anunciarse como «Jeff Goldblum presents» o «…featuring Jeff Goldblum», pues el actor es casi un maestro de ceremonias al lado del resto.
La generosidad de Jeff se extiende a los autores de los temas y no tiene empacho en loar las virtudes de la ecléctica lista de compositores, de Taylor Swift a Lalo Schifrin. Un repertorio en el que caben versiones de «Tattoo», la segunda victoria en Eurovision de la sueca Loreen, y el «Over the rainbow» de El mago de Oz con aires de bossa nova, demuestra la apertura de miras de este combo. Maestro del marketing, Jeff nos aclara una y otra vez cuáles de estos temas pertenecen a su flamante álbum Night blooms.

Todo el mundo es feliz
La cantante Khailah Johnson sube al escenario en varias ocasiones para interpretar la parte vocal de la mitad de los temas. Incluso accede a un dueto con Jeff durante el que hace todo lo posible por no eclipsar a la estrella. Khailah es parte de la banda, pero Jeff la presenta como si fuera una amiga que ha accedido a acompañarlos en esta velada. Al intérprete no le importa que el foco se pose en ella o en otros: él está allí para irradiar alegría de vivir, sincera, impostada o un poco de ambas. ¿Y por qué no, al fin y al cabo? Suena música bien interpretada, corre una brisa fresca y España ha metido tres goles: todo el mundo es feliz esta noche en el Jardín Botánico.
Pensaba ser más duro con el recital de Jeff Goldblum, pero creo que supo cautivar más a su público, sin importar las artimañas empleadas para ello, de lo que Van Morrison lo hizo con el suyo en las dos tardes anteriores. A Jeff te lo imaginas con un Dry Martini en la mano (en realidad, es abstemio), sentado de forma indolente junto a la piscina de alguna casa angelina donde se celebra una fiesta, como un personaje en un cuadro del pintor Shag. Ese es el universo que quiere evocar con su música. Podríamos reutilizar la frase apócrifa sobre Lola Flores y decir de él: «No sabe cantar, no sabe tocar, pero no se lo pierdan».

