Están tocando ZZ Top en Noches del Botánico en una noche de verano espectacular, con toda la ciudad feliz celebrando el Mundial. Pero yo no puedo evitar pensar en que hasta hace justo un lustro el trío estadounidense se había mantenido unido con sus tres miembros originales por 52 años, desde su fundación en Houston en 1969. Un logro que quedaba cercenado por la muerte del bajista Dusty Hill el 28 de julio de 2021 y que me lleva a recordar que tan solo dos días después el grupo continuaba su gira con Elwood Francis, hasta entonces técnico del finado y ahora ya fijo en la alinación, ocupando su lugar en el escenario. ¿Irrespetuoso? No lo sé, nadie sabe en realidad qué pasa por la mente de un rockero de corazón.
Ahora que estamos aquí, el 20 de julio de 2026 en la Complutense, pienso que puede que Billy Gibbons a su vez pensara algo como esto: «Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a rockear». Porque después de medio siglo compartiendo tablas, de repente su vecino de micrófono se había ido y, ya se sabe, el espectáculo siempre debe continuar. Podría haber sido el final del legendario grupo, pero Gibbons, de ahora 76 años, decidió proseguir por el bien superior del rocanrol. Y, ojo, porque en esta gira el también baterista fundacional, Frank Beard, ha causado baja por sus reiterados problemas de salud y su lugar lo ocupa el contratado Michael Monahan.

ZZ Top en el Botánico
Queda así Billy Gibbons como único miembro original sin afeitar en ZZ Top, acompañado por un Francis que se dejó la barba adrede para asumir semejante responsabilidad con el debido respeto a quien hasta su muerte fue su jefe. En esas cavilaciones anda uno cuando a las 21:15 aparecen los tres músicos sobre el escenario y le pegan al respetable la primera en la frente con ‘Get me under pressure’. El espectáculo de la vida contra la muerte que es el rock continúa así ante las 4.000 personas que llenan el Real Jardín Botánico, convertido esta velada en una pasarela de las más preciadas reliquias en forma de viejas camisetas de grupos que cada cual guarda en su fondo de armario. Ropajes que son condecoraciones de batallas ganadas en tantas noches de rock.

No empieza el sonido, algo falto de pegada, todo lo potente que la ocasión merecería, pero ahí está Francis con ese bajo gigante de 17 cuerdas que causa estupor y cachondeo a partes iguales por su mera contemplación. Mejora la cosa con ‘I thank you’, ‘Waitin’ for the bus’ y ‘Jesus just left Chicago’ mientras el público aplaude y corea con alegría y alboroto los contoneos coordinados del cantante (de voz cazallera y un tanto ahogada, o sea, como siempre en realidad) y guitarrista (toca mucho y muy bien Gibbons) y el bajista (de solvencia absoluta con los alardes justos).
Felicitaciones futboleras
‘Gimme all your lovin’ vuelve a poner a la concurrencia en sintonía con el trío, aunque la batería de Monahan no termina de sonar entera, está como mal microfonada, especialmente en algún tambor en particular y algunos platillos. De hecho, a mi lado hay un grupo de asistentes que se raya muchísimo con esta cuestión y se tira todo el concierto analizándolo, lo cual me lleva a pensar que de la misma manera que todos llevamos dentro un seleccionador de fútbol, puede que llevemos también un técnico de sonido en potencia.
Más allá de este detalle, que puede pasar inadvertido en realidad para buena parte del público, la tarde se convierte en noche con el ochenterismo de ‘Pearl Necklace’, que da paso a la pertinente felicitación a España por el Mundial de fútbol. «Campeoooones del mundo», canta todo el personal, que incluso ondea alguna bufanda rojigualda y aúlla cuando Gibbons señala la bandera de España que lleva pegada en su guitarra. En ese ambiente de euforia que todo lo inunda estos días se suceden ‘I’m bad, I’m nationwide’, ‘I gotsta get paid’, ‘Brown paper bag’ y ‘Cheap sunglasses’.

Aroma a garito de rock
«Ahora viene lo bueno», dice alguien a mi espalda en la pista, mientras los potenciales técnicos de sonido siguen con su matraca tamborilera («¡el doble bombo sí suena a tope!», aplauden). Y «ahora viene lo bueno» porque este tramo del recital ha sido una lección del mejor blues rock de Texas, pero escaso en estribillos, por lo que la afición se resiente mientras espera el resto de hits diferenciales que están a punto de sonar. Antes, demostración de slide guitar por parte de Billy Gibbons en ‘Just got paid’. Y, ya sí, el cambio de vibra: porque lo de ZZ Top en el Botánico tiene ese aroma a garito de rock con vídeos musicales a las 4 de la madrugada. Noches tan interminables como fugaces que galopan a lomos de riffs de guitarras ancestrales como los de ‘Sharp dressed man’. ¡Esas palmas, coño!
‘La Grange’
Sacan para ‘Legs’ una guitarra y un bajo que parecen de peluche y que hacen las delicias del personal aunque solo sea por el cachondeo reinante en una velada que ya vuela a velocidad de crucero con todo a favor. Se despiden los músicos, pero queda un bis generoso con el blues mayúsculo de ‘Brown sugar’, el galopar de ‘Tube snake boogie’ y ‘Thunderbird’ antes del redoble final que todo el gentío aquí reunido lleva esperando. Está a punto de cumplirse la hora y media de concierto y suena ‘La Grange’: ovación como cuando hay un gol importante (ya sabéis a cual me refiero, en concreto).
Clásico entre los clásicos, una canción sin estribillo pero con un trote contagioso de cojones que bien vale una carrera y el precio de una entrada para un concierto cuanto menos notable (y una lección de clase). ¿Qué vas a hacer con (aprox) 100 pavos? ¿Pagar la ropa de tus hijos o clavarte ‘La Grange’ en vivo? Pues lo segundo, porque esta noche hemos venido a jugar y mañana ya veremos quien nos regala algunas camisetas usadas para ellos. Esa guitarra de Billy Gibbons es historia del rock y se queda clavada en la sesera de los presentas, que enfilan con alegría el camino a casa sin haber desatado grandísimos desfases de consecuencias incalculables, pero, como diría aquel, con su alma rockera más ancha.


