4.000 espectadores agotaron con mucha antelación las entradas del británico Rick Astley en su concierto de Noches del Botánico. La de Madrid era una cita más en su gira veraniega que ha recalado en varios festivales europeos, después de otra gira primaveral en su país por palacios de deportes. A sus envidiables 60 años (en los que conserva la planta y la voz), Rick Astley está muy lejos de ser un artista al que haya que compadecer por su mala suerte.
Y a la vez… Esas 4.000 personas no acudieron anoche a otra cosa que no fuera escuchar los dos pelotazos ochenteros del joven Rick; la jaula de oro del maduro Astley, que es muy consciente de la bendición y de la maldición que supone ser un Two Hit Wonder. Lo curioso es que su público se ha vuelto más ecléctico, hasta el punto de incluir cuadrillas de hombres, alguno con camiseta de Los Planetas. Espectadores que no le hubieran dado ni un vaso de agua a Rick Astley en los 90 y para los que ahora representa algo distinto. Ya no es el enemigo: es el sonido de su juventud. Que la expectación era alta lo demostró la ovación que siguió al anuncio pregrabado de que el concierto comenzaría en quince minutos.
Nada menos que nueve músicos acompañan a Rick Astley en directo; todos vestidos de blanco como una comunidad evangelista a punto de bautizar en el río a un nuevo miembro, aunque algunos hombres dejaran ver sus tatuajes y algunas mujeres sus largas piernas. Astley, tupé impecable y chaqueta clara, volteando el micro inalámbrico en su mano como un pistolero su revolver, calentó motores con “Lights out”. El sonido no era malo pero le faltaba pegada, algo característico de los técnicos de sonido británicos en espectáculos al aire libre, pues su legislación es más severa al respecto que la nuestra. La banda sonaba apelmazada, e incluso caían en saco roto los esfuerzos de una saxofonista y de una trompetista a las que a duras penas se escuchaba en la mezcla.

Pero la segunda canción era “Together forever”, y las primeras notas bastaron para poner en pie a toda la grada, algo que otros músicos no han logrado ni en los bises de sus recitales en Noches del Botánico. Para la mayoría del público, ya estaba amortizado el 50% del precio de la entrada. Claro que faltaban unos buenos 75 minutos hasta que sonara la otra canción que habían pagado por escuchar.
Venía Astley de un humor excelente, y lo demostró huyendo a la carrera del pipa que intentaba entregarle una guitarra antes de la tercera canción. Aquello que no sonara ochentero perdía la atención de una parte del público, pero el repertorio estaba astutamente medido para recuperarla cada cuarto de hora. “She wants to dance with me”, cumplió esa función, empalmada con una enérgica versión de “Where is my husband!”, de RAYE, en la que las coristas tomaron la voz cantante y Astley se sentó a aporrear la batería con una sonrisa de oreja a oreja.
Rick Astley entiende su espectáculo como un todo, más allá de la interpretación de las canciones, y se asegura de que nadie se adormezca en el escenario ni al pie de él. Sus parlamentos buscan siempre la empatía, a poder ser la risa, y con el mismo fin hace pantomimas como servirse un Dry Martini antes de “Hold me in your arms” o arreglarse el tupé con un secador durante “Cry for help”. En “Keep singing”, se sienta en un sillón rojo e interpreta la letra con mayor arrebato, quizá porque su sonido gospel está más cerca de su corazón que los sintetizadores ochenteros.
Pero también tiene claro Astley que le debe su carrera a “Never gonna give you up”, así que, para aliviar la espera del público, a mitad del concierto, interpretó un fragmento a capela y dejó que los espectadores se desfogaran con el estribillo. Luego añadió: “No la canto entera todavía porque sé que a continuación os marcharíais”. Y arrancó risas culpables porque probablemente era cierto.

Astley se calzó unas gafas de sol y se colgó una guitarra Gibson autografiada por B. B. King para interpretar “Oh, Pretty Woman”. Antes, nos contó cómo Hollywood (así, como un ente abstracto) le sondeó, junto a otros crooners de la época, para versionar el clásico de Roy Orbison en una película. Astley preguntó de qué iba y le explicaron que era una historia de amor entre un millonario y una prostituta. “Y yo he conocido a varios millonarios y a varias prostitutas”, dijo Astley, arrancando la carcajada esperada. En cualquier caso, la versión nunca se materializó, pero Astley utiliza la anécdota como excusa para interpretar ese himno en sus conciertos y volver a poner a la grada en pie por unos minutos.
En esa versión de “Oh, Pretty Woman” vimos claras las semejanzas de Rick Astley con Chris Isaak, un contemporáneo suyo que también toca en sus directos el himno de Orbison y que siempre ha gozado de mejor consideración crítica. Astley debe percibir la conexión, pues el siguiente tema de la noche fue su single más reciente, el excelente “Raindrops”, que podría firmar Isaak sin cambiar ni una coma. El británico y el estadounidense deberían plantearse un disco conjunto. Lo leísteis aquí primero.
De nuevo, Astley no testó la tolerancia de sus fans y dijo: “Necesitamos bailar, volver al 80 y algo”, y la banda atacó “Whenever you need somebody”, quizá su tercer tema más popular de su época dorada. La imagen de las pantallas laterales adquirió texturas de vídeo analógico, demostrando que nunca escaparemos de este vórtice de nostalgia por el final del siglo XX. Siguió con “Take me to your heart”, una canción trivial que ningún hombre de 60 años tendría que verse obligado a cantar en público, pero supongo que lo mismo podríamos decir de “Sufre, mamón” o de “Amante bandido”. A veces, hacen falta trivialidades para quitar hierro a nuestras vidas.

Astley se sentó de nuevo a la batería para interpretar una versión desnatada, digna de una banda de bar de Magaluf, de “Highway to hell”; porque, por muy versátil que uno sea, si te consagras al pop nunca vas a poder sonar rockero de un minuto para otro, por mucho que tu tatuado guitarrista se flipe con su instrumento. Pero a los espectadores, ya entonados con la tercera cerveza, les valió para ponerse aún más contentos en una noche de viernes con temperaturas tolerables.
Tras otra incursión veloz en el sonido gospel con “Angels on my side”, demostrando que sus mejores canciones pertenecen a este milenio, Astley les dio a todos lo que estaban esperando: un “Never gonna give you up” con unos arreglos escrupulosamente fieles a la grabación original. Había que ser un cínico para no apreciar lo feliz que estaba la gente de cantar a grito pelado su letra. Durante la canción, Astley presentó a toda su banda a velocidad supersónica, sin detener el buen ritmo de la interpretación, y remató así un concierto de hora y media ajustada en el que se ganó a conversos y a escépticos. Astley es un pájaro de plumas preciosas al que le han puesto una jaula de oro, pero en la que aún puede volar cómodamente.

