OMD en el Botánico: Una garganta rota y una lección de oficio

Crónicas

Estaba siendo una noche de sábado perfecta para los seguidores del veterano combo de música electrónica Orchestral Manoeuvres in the Dark: el sol acababa de ponerse tras un hermoso anochecer en el Jardín Botánico, el sonido era bueno y el público estaba entregado, listo para disfrutar de la segunda mitad del show. Y estalló el drama. El cantante Andy McCluskey avisó: “He estado tres días enfermo y quería hacer este concierto, pero me estoy quedando sin voz”. OMD solo llevaban 50 minutos sobre el escenario.

Fotos de Anna García.

Pero retrocedamos un par de horas, hasta las ocho de la tarde, la hora de inicio de los “teloneros” Rinôçérôse. Por razones no explicadas, Noches del Botánico está adelantando la hora de inicio de sus conciertos en la segunda mitad de julio, así que, cuando el cofundador de Rinôçérôse Jean-Philippe Freu exclamó, en su sufrido castellano: “¡Buenas noches, Madrid!”, no pensó mucho en el sentido de lo que decía.

Las comillas en “teloneros” se deben a que Rinôçérôse (ni confirmo ni desmiento que he cortado y pegado su nombre para no tener que estrujarme el cerebro pensando en dónde van todos esos caracteres cada vez que quiera escribir Rinôçérôse. ¡Dios bendiga al inventor del copypaste!), que rozan ya las tres décadas de carrera discográfica, son un grupo sin dificultades para llenar salas en nuestro país solo con su nombre. Así que su unión con OMD en Madrid solo podía resultar en un previsible sold out.

De todos modos, dado el poco margen que el adelanto de horarios deja a los espectadores para disfrutar del Jardín Botánico, muchos espectadores -sobre todo los de grada- optaron por perderse a Rinôçérôse. La banda, creada por la ex-pareja sentimental Patrice Carrié (bajista) y Jean-Phileppe Freu (guitarrista), es en directo un falso quinteto al que se unen en algunos temas los cantantes Bnaan y Jessie Chaton.

Bnaan se da un aire al reguetonero Pitbull, pero es Chaton quien roba todas las miradas con sus extravagantes outfits (uno por canción), de los que por desgracia no hay imagen gráfica porque para entonces los fotógrafos ya habían abandonado el foso. En su primera aparición, Chaton, con un aspecto físico parecido al joven “Weird Al” Jankovic, salió pavoneándose de rojo chillón de pies a cabeza, con unos pantalones tan ceñidos que cabía preguntarse si aquello no era body painting. Parecía un proxeneta de la época más sórdida de la Calle 42 que se hubiera arrancado a cantar como Bon Scott. Una estampa gloriosa.

Freu, portavoz de grupo -vestido con un traje blanco sin nada que envidiar a los de Sonny Crockett en “Corrupción en Miami”-, no iba tan sobrado de carisma y sus intentos de hablarnos en un casi ininteligible castellano daban lugar a situaciones embarazosas. La mayor ovación la recibió cuando preguntó si iba a ganar España el Mundial y nos pidió que derrotáramos a Argentina por él. Pero Freu no estaba allí para dar discursos sino para  caldear el ambiente con la guitarra, y el riff de “La Guitaristic House Organisation” hizo que la gente en pista se pusiera a saltar. Misión cumplida, pues.

Rinôçérôse completaron un set de poco más de una hora que entonces no sabíamos que iba a ser tan largo como el de OMD. Para cuando los franceses se despidieron, dos tercios de los espectadores ya los aclamaban desde grada y pista, ubicándose para disfrutar de las estrellas de la noche.

Los cuatro integrantes de OMD subieron al escenario a las nueve y media: el dúo fundador Paul Humphreys y Andy McCluskey, teclista y bajista, respectivamente; más el igualmente longevo Martin Cooper, teclista y saxofonista, y el baterista que los acompaña desde 2015, Stuart Kershaw. Cuatro hombres sexagenarios vestidos de negro de pies a cabeza, intercambiables para el ojo poco entrenado, que no conformaban la tropa más interesante de mirar. No importaba, lo que prevalece en OMD es la música.

Fotos de Anna García.

McCluskey deambuló por el borde del escenario, bailando de esa forma tan peculiar suya y acusando un poco su edad al hacerlo, en la inicial “Isotype”. Ya en la segunda, “Messages”, se colgó el bajo y se plantó frente al pie de micro; y si uno entrecerraba los ojos, podía llegar a confundirlo con nuestro David Summers. Entiéndase, si el cantante de Hombres G hubiera sido un británico de clase obrera fundador de algún grupo seminal de pop electrónico.

“Tesla girls” y “History of modern (Part I)” hicieron bailar a los espectadores de pista y dar palmas a los de grada (no se resolverá nunca el conflicto de si el protocolo correcto para los que tienen asiento es permanecer sentados o levantarse y bailar). En “(Forever) Live and die”, Humphreys y McCluskey intercambiaron posiciones y el primero cantó su primer tema de la noche. Volvería a ponerse frente al micro antes de lo previsto. Martin Cooper coloreó la canción con su saxofón.

Los cuatro integrantes de OMD interpretaron “Veruschka” plantados al pie del escenario. Ciertos arreglos sinfónicos pregrabados le añadían comicidad involuntaria a la estampa, haciéndolos parecer Il Divo o alguna formación similar. McCluskey empezó a advertirnos de que su garganta le estaba dando problemas y se le vio sufrir durante la interpretación de “Talking loud and clear” (suponemos que, en otro contexto, la ironía de quedarse sin voz durante una canción titulada así le hubiera arrancado una buena risa).

Fotos de Anna García.

Pero McCluskey no se estaba riendo: sufría. Y los otros miembros de la banda le observaban expectantes. Cuando el cantante decretó que le quedaba gasolina para tres temas más, se modificó el repertorio para que el primero de ellos fuera el dulce “Secret”, cantado por Humphreys, que tenía que haber sido el arranque de un bis que nunca tuvo lugar.

Era de cajón que las dos restantes iban a ser “Electricity” (“¡canta fuerte, Paul”, le dijo Andy a su colega) y “Enola Gay”, no solo porque los fans del grupo se hubieran enfadado por no escucharlas, sino porque el entusiasmo del público enmascaraba las notas a las que el cantante ya no llegaba. “El concierto es vuestro ahora”, dijo McCluskey, a quien le rodaban lágrimas de frustración por las mejillas. Poco antes, nos había asegurado que algo así solo le había ocurrido otra vez en cuatro décadas.

Los músicos y los espectadores arroparon al cantante durante el saludo final, poco más de una hora después de comenzar. El show de OMD como cabeza de cartel se había convertido en una actuación de festival. Había algunos espectadores confusos (la generación de la EGB no es tan bilingüe como las que la siguieron) que aceptaron la brevedad del espectáculo como un requisito del formato de Noches del Botánico, se encogieron de hombros y aprovecharon la hora temprana para cenar y tomarse una copa en el Jardín. Pero la mayoría entendimos que habíamos presenciado una buena lección de oficio por parte de los miembros fundadores de OMD.

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