Van Morrison en el Botánico: Carta abierta al Tío Vinagre

Crónicas

Querido George Ivan (me vas a permitir la confianza),

Para empezar, admito que llamarte Tío Vinagre a estas alturas es casi clickbait, porque a tus 80 años estás irreconocible: relajado, sonriente, presentando a tus músicos y dando las gracias a tu público. ¡Si hasta dejas que te graben durante el concierto para amplificar tu imagen en las pantallas! Te has convertido en el Minino de Belfast. A la vejez, viruelas.

Dicho esto, el que es terco durante toda su vida no mejora en la tercera edad, así que sigues empeñado en comenzar tus conciertos a las ocho y media de la tarde, cuando el sol aún pega fuerte en Madrid y las chicharras lo dan todo en Ciudad Universitaria, quitándole el sentido al nombre de Noches del Botánico. Por tu culpa deberían empezar a cobrar la grada como en los toros: sol y sombra. Porque la mitad de los espectadores allá arriba se fríen durante la primera parte de tu recital. Pero vamos, no te digo nada que no sepas, tú también te recueces dentro de tu chaqueta, la misma que traías el año pasado, por cierto.

Van Morrison regresa al Botánico

No te voy a hacer la crónica ortodoxa porque esa ya la bordé hace doce meses y, sinceramente, no has cambiado tanto el show como para no repetirme a mí mismo. Sí, vale, has zarandeado el repertorio, que no voy a enumerar aquí porque el que quiera lo puede leer en setlist.fm. Pero ahora te ha dado por tocar una decena de cortes de tu más reciente disco, Somebody tried to sell me a bridge, de las cuales, quitando el tema titular, son todas versiones de otros artistas. Así que queda poco hueco para los clásicos que SABES que la gente quiere oír y que les escamoteas con crueldad.

Fotos de Anna García

Pero mira, qué más da: tú lo vanmorrisonizas todo. Con ese fraseo característico, ese tempo al tran tran, ese saxo inconfundible y esa armónica distorsionada, podrías agarrar «CAFé CON RON» de Bad Bunny y hacerla tuya. Aunque mejor no lo hagas. Sabemos que estás versionando a John Lee Hooker o B. B. King, reconocemos las semillas, pero la planta que brota la has regado tú, de eso no hay duda. Así que nos damos por contentos.

Me refiero a los espectadores que prestamos atención, ojo. En tu público hay gente que viene por la música y otros, una cantidad nada desdeñable, que acuden por militancia mal entendida o por el acto social mismo. Algunos no se han visto desde la última vez que tú los convocaste en la ciudad, así que deciden ponerse al día. Incluso dando la espalda al escenario. A esta clase de personas, en castellano, hemos acordado llamarlos «gilipollas«.

Concierto a pleno sol

Admitamos que tú también pones de tu parte. Primero, por lo ya dicho, porque nos haces presenciar tu concierto de día y te privas a ti mismo de la magia de la iluminación escénica en la noche (lo que siempre atrae miradas y mosquitos). Allá tú. Luego, siempre has sido algo rácano con el volumen del sonido en tus espectáculos, y sí, suena perfecto si la gente está atenta y callada, pero no es el caso. Parte de culpa tienes de que los bien llamados «gilipollas» pasen de ti, George Ivan.

Fotos de Anna García

Además, pese a permitir que las pantallas reproduzcan tu imagen (¡bien!), te atrincheras en el escenario con dos coristas flanqueándote a tu izquierda y un pianista a tu derecha, haciendo casi imposible atisbarte desde los laterales de pista. O que los fotógrafos de prensa capten una imagen decente tuya. ¡Aclárate, colega! Yo creo que tienes un poco de celos de Bobby, el de Minnesota, quien directamente toca a oscuras y con una capucha sobre su cabeza. Sé que no llegas a tanto, pero seamos coherentes: si la gente no puede verte, deja de prestar atención, ¿qué somos, novatos o qué? ¡Llevas en esto desde los 50!

No puede pasarte desapercibida la reacción de tus fans cuando nos tiras un hueso como «Dweller on the threshold«; y mira que no estamos hablando de «Brown eyed girl» ni de «Bright side of the road», esas ni están ni se las espera. Pero tú nos ves, ¿no, George Ivan? Bailando contentos y agradecidos. Nosotros no podemos verte los ojos detrás de esas gafas de aviador con cristales de espejo que te pones para parecer más malote, para fingir que con la edad no has menguado hasta el 1,60; pero tú sí has de vernos a nosotros, celebrando tu música, tu obra. Tampoco vas a castigarnos por quererte, ¿o sí?

Moondance

Y sabemos que no eres impermeable a lo que pasa frente a ti, porque ayer presenciamos cómo azuzabas al baterista para que le subiera las revoluciones a «Night time is the right time», como el ambiente requería. Acto seguido, dijiste: «Intentemos algo», y nos colaste «Moondance» en un hueco inusual en el repertorio, con unos arreglos y una forma de cantarla algo desconcertantes, pero apreciados. En esos minutos vimos que sí, que estabas presente, que estabas con nosotros. Y por si alguien no sabía bien quién eras, tu nombre aparecía a buen tamaño en las pantallas después de la ovación al final de cada tema.

Fotos de Anna García

Con «Real real gone«, que pone a todos de buen humor, hiciste el trampantojo ese de «que me voy, hostias», para volver medio minuto después y darle a la gente el «Gloria» con el que sueñan; por una vez, pareció que hasta tú lo disfrutaste. Luego, como acostumbras, dejaste a tu banda estirando el tema mientras te marchabas a recenar, por lo que yo hice lo mismo. Me supo mal por tus excelentes músicos, pero no me apetecía darme de tortas con los otros 4.000 asistentes por una mesa en el Jardín Botánico. Te concedo eso, que tu empeño en empezar pronto y en estar una hora y media estricta sobre las tablas resultan perfectos para llenar luego el estómago; con Bruce, todo hay que decirlo, cenamos siempre como el culo.

Bueno, George Ivan, me voy despidiendo ya. Te emplazo para dentro de un año en el mismo sitio, confiando en que recapacitarás y no volverás a salir a actuar a 35 grados centígrados, que las lipotimias son muy peligrosas a tu edad. Acuérdate también de traer otra chaqueta, que la muchachada empieza a murmurar. Del setlist no digo nada porque para entonces tendrás uno o dos discos nuevos, así que Dios proveerá.

Tu amigo,

Jorge Arenillas

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