Dave Grohl al frente de Foo Fighters en Mad Cool 2026

La genuina energía rockera de Foo Fighters arrolla a 57.000 personas en la apertura del Mad Cool 2026

Crónicas

Atrona ese riff machacón de ‘All my life’ para empezar el concierto de Foo Fighters en Mad Cool 2026 y el gentío grita como con un gol decisivo de España en el descuento del Mundial. Ese tipo de euforia colectiva que no se imposta y que sencillamente eclosiona. Puedes estar cinco segundos antes hablando de cualquier otra cosa, quizás pensando en la hora a la que vas a poner el despertador mañana, pero de repente le dan al botón de ‘ON’ y ya todo da igual porque solo existe el ahora. No es magia, o sí, pero en esencia es solo rock n’ roll y justo por eso nos gusta.

Arranca así un concierto que se alargará hasta las dos horas y media en el que la genuina energía rockera de Foo Fighters arrolla a los 57.000 asistentes en la apertura del Mad Cool 2026 (cierto es que no estaban todos ante el escenario principal, pero si la mayoría y esta es la cifra oficial de concurrencia, ya me entendéis). Y es que lo de Foo Fighters es el viejo rock de estadio de toda la vida a la enésima potencia, e himnos épicos como ‘The Pretender’, ‘Times like these’, ‘Rope’, ‘My hero’, ‘Learn to fly’, ‘These days’ o ‘Walk’ son la demostración, la constatación, la quintaesencia.

Foo Fighters en Mad Cool

El sonido, esa gran preocupación tanto para los asistentes como para los vecinos, es limpio y potente, si bien es verdad que mucho mejor (obvio) cuanto más centrado y más delante, calculado para que los medidores de los decibelios no se vayan de madre. Vamos, que con cada paso que das para alejarte la cosa pierde bastante (algo en realidad también normal). Salvo, eso sí y según nos cuentan porque nos lo perdimos, si eres Moby y estás tocando en el segundo escenario al mismo tiempo (solape san-gran-te-de-la-muerte entre los dos grandes cabezas de cartel, ya me dirás tú esto qué), donde llegaban los Foo con su molesto eco embarullado, seguramente, por aquello de los inescrutables caminos del sonido, a más volumen que en buena parte del trecho entre medias.

Las fotos de Foo Fighters son de Javier Bragado.
‘Ace of Spades’

Las pantallas hacen honor al apelativo y son verdaderamente gigantes, con una curiosa realización en forma de espejo, de manera que los músicos son diestros en un lado y zurdos en otro, consiguiendo así de alguna forma loca cierto efecto acogedora cercanía. Pero, eso sí, tanta calidad de imagen tiene su lado perverso, pues muestra las arrugas con una nitidez que rompe ese pacto tácito que siempre se establece entre las bandas de cierta edad y su público durante lo que dura el recital, según el cual nadie tiene realmente la edad que tiene y todos volvemos a la primera vez que escuchamos esta o aquella otra canción. Ese es también otro hechizo del rocanrol que no conviene romper, pero la tecnología se empeña en jodernos la vida.

Lo digo porque, oye, seamos francos, a Dave Grohl se le ve ya algo mayor a los 57 años. Nunca imaginamos que llegaríamos a decir esto del espigado batería de Nirvana, pero en esas estamos. Mayor de chapa y pintura, aclaremos, pues el león conserva la melena y el motor sigue tirando de puta madre tanto en los acelerones callejeros cortos (como ese ‘No son of mine’ que deriva en ‘Ace of Spades’ de Motörhead o la fiereza de ‘Run’), como en la velocidad de crucero de las largas autopistas (‘Wheels’ es perfecta para conducir en paz con uno mismo poniendo el regulador de velocidad, igual que ‘Big me’ lo es para el momento exacto de bajase las gafas de sol de la cabeza a las ojos en un atardecer al volante con el asfalto despejado y, a poder ser, el mar a uno de los lados).

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Grohl comanda, ordena y manda. Dice constantemente que llevan 31 años como banda y por eso también recupera ‘Marigold’ (con mención a Kurt), la canción que compuso para Nirvana allá por 1991, antes de que pasara todo lo que pasó después. En la presentación de los integrantes del grupo interpretan canciones de sus anteriores bandas, con el ‘One headlight’ de Wallflowers como momento álgido en honor al teclista Rami Jaffee. Como un abosluto privilegio se siente poder ver a Dave sentarse en la batería como el Animal de Barrio Sésamo que en esencia es, intercambiando papeles con el recientemente fichado Ilan Rubin (ex Nine Inch Nails, entre otros), que aparte de estar estupendamente integrado, resulta ser un tamborilero de puta madre, no veas cómo pega el tipo.

Pat Smear sonríe todo el rato, qué envidia da este hombre (y qué leyenda desde antes de Nirvana). El bajista Nate Mendel, siempre tan discreto, es la amalgama necesaria (aparte de, no olvidemos, también miembro fundador). Sin grandes alardes, el guitarrista Chris Shiflett se luce cuando procede en un constante cambio de guitarras (y qué guapo es, caramba, ahí la tiro). Parecen pasarlo bien, como si hubieran sido capaces de no perder en el camino los verdaderos motivos por los que uno empieza a tocar un instrumento, incapaz siquiera de imaginar lo que esté por llegar. Por eso, y por las constantes arengas de Dave Grohl como buenrollista del rock, el ambiente que se crea en los conciertos de Foo Fighters es de esa camaraderia tan particular. Porque todos estamos aquí por los motivos correctos y, cuando eso pasa, se nota.

‘The best of you’

El tramo final del concierto es inapelable: ‘Monkey Wrench’, ‘Breakout’, ‘The sky is a neighborhood’ y ‘Aurora’ con dedicatoria a Taylor Hawkins y ese gesto levemente torcido pero agradecido de Grohl al recordar al amigo perdido. Quedan tres canciones y, efectivamente, ninguna va a ser del nuevo disco de Foo Fighters, ‘Your favorite toy’, de hace literalmente ni tres meses. Es cierto que ese es un síntoma de no estar precisamente en su prime, que es más que seguro que ya pasó, reconozcámoslo, pero tampoco es cuestión de pensarlo esta noche. No viene al caso, es verdad, tenéis razón porque, total, estamos aquí berreando ‘The best of you’.

Es solo rock n’ roll

«Con la última tenemos que bailar mucho», exige Bruno Gallar, en su quinto Mad Cool con tan solo 8 años, mientras tocan la pénul: ‘Exhausted’. Me gusta traer este título a colación porque esa genuina energía rockera de Foo Fighters que decíamos al principio puede dejarte con el depósito en reserva si no has repostado lo suficiente. Dos horas y media de hits, alaridos, riffs, redobles, abrazos y estribillos. Y por la mañana dolor de piernas asegurado, pero esa es otra historia menos épica, que tampoco nos importa ahora una mierda mientras danzamos al son de los tambores de ‘Everlong’ rodeando nuestro sempiterno carromato. Todo lo demás, sinceramente, nos da igual. No es magia, o sí, pero en esencia es solo rock n’ roll y justo por eso nos la suda.

La jornada empezaba con The Warning tocando a 104 grados Fahrenheit. No es una frase hecha decir que las mexicanas desafían al calor con toda la contundencia de su ardoroso rock. Arranca el Mad Cool y es como si no nos hubiéramos ido hace un año, como reencontrarse con las mismas caras en el mismo campamento de verano (y que no nos falte eso). El problema de esta jornada inaugural es que están todas las actuaciones tan comprimidas que hay que estar de un lado para otro todo el maldito rato (la movilidad es buena, eso también) para poder rebañar apenas media horita de cada una (menos si quieres coger un buen sitio en la siguiente), con todo lo que eso conlleva de estrés y de poco disfrute musical en realidad.

Demasiadas prisas

Nos asomamos a The Last Dinner Party, muy divertidas en directo con ese punto Arcade Fire y David Bowie (por qué no, va) y Abigail Morris moviendo con elegancia su vestido al caloret en ‘The Femine Urge’ o ‘Sinner’. El segundo escenario es en realidad el tercero de ediciones anteriores, lo cual no termina de ser un poco downgrade e incómodo, pues a sus tablas suben bandas que congregan demasiado público para el recinto (aparte de que aquí sí que hay que estar muy centrado para escuchar a un volumen disfrutable, a los lados el público puede hablar y escucharse con total naturalidad).

Movimiento de nuevo, pues hay que presenciar el derroche vocal y de magnetismo de Ellie Rowsell al frente de Wolf Alice, que ya son claramente una banda de escenario principal, aunque tengan todavía que sudar a saco con el sol ‘en to lo alto’. Un ratito bien majo, pero nos movemos oootra vez con la intención de asomarnos un ratito al concierto sorpresa de Arde Bogotá, anunciados como Bigger Splash (que ha resultado ser el título de su nuevo single y esto un movimiento promocional), pero de camino pensamos que en realidad hay que ver a The War on Drugs 20 minutitos antes de posicionarnos para Foo Fighters. Así de limitada es la cuestión.

Foto de Ricardo Rubio.

La vida es azar y elección

Como si fueran conscientes de las apreturas horarias, o sencillamente para intentar ganarse al público por la vía rápida, The War on Drugs suelten de primeras dos de sus más grandes hits: ‘Red eyes’ y ‘Pain’. Su contagiosa intensidad instrumental incita al personal. Me vienen ecos de la E Street Band. Esta gente tiene mucha clase, pero son ya las 21:30 y Foo Fighters empiezan a las 22:00. Ya sabemos que la vida es azar y elección, pero con este primer día en el Mad Cool 2026 hemos aprendido definitiva, forzosa y dolorosamente esa lección. Ni nos pudimos plantear pasarnos a saludar a los Dogstar de Keanu Reeves, como tampoco ir a ver a Moby. Menos mal que tenemos a Ricardo Rubio para, al menos, poder verles en fotos.

Foto de Ricardo Rubio.
Foto de Ricardo Rubio.

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