De la misma manera que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, uno tampoco sabe cuanto necesitaba algo que había dado por perdido hasta que de repente vuelve. Iba yo en el 34 camino de un acto al Instituto Cervantes con Joan Manuel Serrat y Ana Belén, que ya me diréis qué pintan en esto (pintan todo porque el rollo nuclear va de lo mismito) que se supone que va sobre lo nuevo de U2, pero es que fue entonces cuando por Embajadores sentí que algo pasaba en mi pantalón. Mira que llevo el móvil en silencio siempre, pero uno también sabe cuando vibra sin vibrar porque es como que te da un leve ictus mental. Es como que la peli de tu vida tiene ahí un mínimo corte. Un tonto dislate. Y lo notas.
Así que saco el teléfono y ahí está el correo: «U2 lanza un nuevo EP de 6 temas ‘Days Of Ash‘ // Escúchalo aquí». Pero qué cojones me estás contando. Miro por la ventana, veo La Casa Encendida, donde tantos años eché poniendo subtítulos a las pelis. El mundo es tantas veces tan canijo, tan cuatro calles. Miércoles 18 de febrero a las 18:05. Ya no se me va a olvidar nunca. No porque me vaya a cambiar la vida, sino porque no esperaba este fogonazo de calor de hogar en un momento tan a la intemperie como estamos en esta casa tras una pérdida que seguimos sin podernos creer. Que no nos creemos. Que no nos da la putísima gana creernos. Semejante socavón del puto eco del adiós no pronunciado.
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Me cago en todo ya, hostias. Mientras tanto, como por arte de magia, mi WhatsApp se acelera. Mucha gente piensa en mí cuando se encuentra con U2 y, aparte, es que menuda secta tenemos ahí montada con gente de toda España que nos conocemos desde hace no pocas vidas (y muchas giras) gracias a Mikel de East Link, gurú, guía y señor necesario. Pues ahí seguimos, sí. Y de repente resulta que estamos de día feriado sin saberlo y nos pilla a cada cual con su tristeza no verbalizada. Yo ya solo pienso en llegar al Cervantes, en la calle Barquillo, para publicar algo aquí en Mercadeo. Lo que sea. Pero ya sé que no hay cobertura donde voy, porque está justo al lado de La Caja de las Letras que custodia el legado de escritores vivos y muertos. Un búnker difícil para conectar con el mundo exterior. Ay, joder, ay, joder, ay.
En la entrada me topo con Luis García Montero, que le pide divertido al chiquito de seguridad que me rebusque bien porque soy un «peligro andante«. ¿Tan transparente soy? Bueno, es que es poeta, él lo sabe de sobra porque ve cosas. Un abrazo y yo pensando cómo sonarán esas canciones. Porque como tampoco llevo nunca auriculares cuando voy por ahí, no tengo posibilidad. Paso de las cancelaciones de ruido, paso de ser un autómata en la ciudad, me gusta caminar escuchando los insultos, los claxons, los frenazos, los me cago en tu puta madre y todo eso que nos hace madrileños (que no son las cañitas ni las gilipolleces de la pava esa). Vamos, que no puedo escuchar lo nuevo de U2 en ya ni me acuerdo los años. ¿Ocho van? Yo creo que son nueve. La hostia putísima, pero cómo puede ser. Cómo puede.
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Pero lo que más me jode es que no lo puedo publicar. Eso se lleva dentro o no se lleva y lo llevo desde que tengo consciencia de mí mismo. No soy otra absurda cosa que un vaso comunicante. Edu estaba en Europa Press conmigo hace ya demasiado y ahora en prensa en el Cervantes, así que le pregunto si va a pasar algo que me vaya a interesar antes del acto en sí mismo y como ya sé que no, que me dé la wifi. No nota mi ansiedad porque soy un profesional. Luego me encuentro con otros habituales compañeros y compañeras que de repente tienen ganas de compadrear, cuando yo solo pienso en cómo sonará lo nuevo de U2 y cuando lo podré publicar. Me empieza a doler la cabeza. Me acaricio el occipital. Y, mientras tanto, Xavi Balart, nuestro querido U2 en España, pidiéndome que le reenvíe el correo de Universal Music. Ya lo tienes.
La wifi tira, vale. Bien. Voy a copiar dos párrafos de la nota de prensa, a ver, ahora meto el embed de Spotify. La foto. Dale. Parece que se sube. Pero se desconecta. Me empiezo a poner de muy mala hostia en plan que no me hable nadie por favor. Pero alguien me habla. Sonrío al infinito porque no estoy aquí. No sé donde estoy, pero no es aquí. Estoy buscando un camino que he perdido. Estoy, en definitiva, fuera de mis casillas. Se conecta el cacharro de los cojones. Sí. Ahora, sí. Le puede dar igual a todo el jodido mundo, pero esto ya está publicado y ahora procedo a moverlo por ahí en las redes sociales. Bueno, es un decir, porque no se mueve nada aquí, en este sótano donde vendré, claramente, a refugiarme cuando estalle todo lo que tenga que estallar, porque jamás vi tanta seguridad en mi contra. Pero gané.
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Empieza el acto, que es un homenaje a Joan Margarit y ya no sé donde estoy. El caso es que comienza a llegar la noticia a su sitio, pero solo son tres párrafos, es una respuesta pobre por mi parte al regreso de U2. Así que demostrando que los chicos de barrio podemos hacer a la vez más cosas que los hombres comunes, consigo añadir un poco de copia-pega más y al mismo tiempo escribir una crónica medio apañada del evento desde el lugar donde está mi cuerpo, cuando en realidad mi éter está paseando por la orilla del río Liffey viendo Temple Bar arder con una pinta de Guinness en la mano y la más bonita de las chiquitas morenas en la otra. Puede parecer lo mismo a ambos lados de mi vera, pero no lo es. Al norte y al sur del río tampoco. Un lugar al que llamar hogar sí que es.
Que hay disco entero nuevo de U2 más allá de este EP lo dice la propia banda, que hay gira estadios por Europa en 2027 no revelaré quien. Y dicho queda, aquí, como perdido entre mis movidas. Serrat y Ana Belén recitan poemas y Miguel Poveda canta por Joan Margarit. Pienso tantas cosas a la vez mientras contemplo desde fuera mi privilegio como si no fuera mío y el dron que me filma revolotea para encontrar que lo que realmente estoy escribiendo es que ha vuelto a U2 y tengo muchas ganas de tumbarme en el suelo a patalear. Con una camisa de fuerza con parches molones del ‘Achtung baby‘, a poder ser. ¿Se podrá customizar una camisa de fuerza? La sanidad privada puede hacer cualquier cosa por pasta menos atenderte si te desplomas a sus puertas, así que seguro que sí. Póngame otro del ‘Joshua‘ entonces para que mi performance final quede estupenda y que salga el logo de Quirón.
La poesía de Joan Margarit toma el @InstCervantes con Serrat y Ana Belén: "Más allá de la muerte, está con nosotros"
— David Gallardo (@davidgallardo78) February 18, 2026
Ya en @_infoLibre
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El cielo de Dublín cae sobre un Madrid que no drena
Se acaba esto del Cervantes, envío, está todo bien. Y, al salir, está cayendo el cielo de Dublín sobre un Madrid que no drena. Que es verdad que ha llovido sin descanso y ya no nos sorprende tanto, pero esta conexión yo sí la veo. Así que me aprieto contra los muros del Instituto Cervantes por la calle Barquillo, luego por la calle Alcalá, me mojo, cruzo en verde a toda prisa y agarro el 34 de vuelta hasta Carabanchel desde la primera parada en Cibeles como tantas otras veces. El conductor se está echando un piti, así que es absolutamente cordial cuando le pregunto si se puede entrar. Tengo todo el autobús entero para mí, y es de esos con muelle en el medio para que quepamos cuantos más peor. No sé donde sentarme, porque cuando las posibilidades son tantas, uno ya sabe que va a equivocarse. A saber qué plasta te toca al lado.
Es en esas, empapado, calado, cuando digo ‘venga aquí’. Y cuando miro veo unos auriculares olvidados. ‘Hostias, para mí’. Así que me siento, compruebo que todo sigue bien por el lado infoLibre y procedo a enchufarme al móvil. ¿Funcionarán? Hostia si funcionan. Esa guitarra de ‘American obituary’ es casa. Ese cantante es casa. El redoble marcial es casa. Ese bajo que te reverbera en la nuez es casa. A un lado el Museo del Prado, al otro el Thyssen. A la izquierda Atocha, luego el Reina Sofía. Otra vez La Casa Encendida. Llueve que no veas pero estoy a cubierto. Este es una especie de regreso a casa.
Que Bono nos recite la lista de la compra
‘The tears of things‘ (sobre la compasión en tiempos de violencia) es hermosa porque todo lo que Bono recita con intensidad es otra cosa, como si es la dichosa lista de la compra, algo lejos del alcance de las leyes de los hombres (por eso es mi favorita). ‘Song of the future‘ gusta mucho por mis chats de WhatsApp, aunque para mí es demasiado pegadiza (pero va sobre la revolución de las mujeres en Irán y eso es fetén). Voy por Marqués de Vadillo y donde ahora hay bloques, pienso, como cada vez que paso, que ahí vi a U2 hasta tres veces: en 1993, 1997 y 2005. Ahora es solo un miércoles de mierda de 2026 pero seguimos aquí. Qué tontería tan poco tonta.
‘One life at a time‘, dedicada a un padre palestino asesinado por un colono israelí, recibe aplausos unánimes y estoy a favor. Me hace pensar en lo que hablaba hace nada con Virginia, mi dire en infoLibre, pensando en un tema sobre la canción protesta y Bruce Springsteen, pues ambos convenimos que U2 estaban perdidos nadie sabía donde y eso nos jodía: me alegra saber que estábamos a por uvas y que seguimos en el lado correcto de la Historia. Cuanto más ladren, más cabalgamos. Que sí, joder, que les molesta, por eso tratan de decir que les suda la polla pero no les sale.
A sort of homecoming
‘Yours eternally‘ es demasiado pop hasta para un lugar que se llama Mercadeo Pop, aunque aquí siempre hemos sido más rock que otra cosa. Lo de Ed Sheeran, bueno. Lo de Taras Topolia, músico ucraniano convertido a la fuerza en soldado, mejor por lo simbólico. El mensaje de U2 en estas canciones está claro, como bien dice Bono: «Canciones de rebeldía y consternación, de lamento«. Esto es para mí U2. Y suena a eso pero, más allá de eso, a mí me retumba a una cotidianeidad que habíamos perdido, más aún en tiempos de batalla con Bruce Springsteen ahí en la línea de frente. Que no van a cambiar nada en la geopolítica y todo eso de los que vienen de vuelta de todo, pero pertenecemos a una serie de cosas y esas cosas tienen que permanecer. Eso es de ley. Porque cuando uno pierde el paso del día a día, no sabe cómo suena el suelo donde coloca una pisada detrás de otra. Y sin un pie delante de otro no hay por donde continuar.
Paso por Urgel, por Oporto, por Vistalegre. Jarrea. Estas calles no tienen nombre ni lo necesitan para mí. Podría irme a vivir a la Conchinchina de los cojones y luego regresar y seguiría teniendo dominio absoluto sobre cada adoquín. Eso mismo ocurre cuando después de tantísimos años lejos resulta que U2 vuelve y no sabías que estabas esperando en el soportal mientras Noé escogía dos de cada especie por si acaso. Llega el 34 a la esquina de Eugenia de Montijo, ya está. Ya he conseguido volver. Dejo los auriculares donde los encontré, me bajó y tiro unos cuantos puñetazos al aire bajo la lluvia. Con lo perra que es la muerte, mucho más que la vida por mucho que digan, qué fortuna es haber encontrado una especie de regreso a casa.
Porque, Paloma
Porque, Paloma, en la ida y en la vuelta de lo que nos pasa suena todo el tiempo, pero no veas cómo cambia ‘A sort of homecoming‘ cuando le metes ese poquito de esperanza tan necesaria:
«And your heart beats so slow. Through the rain and fallen snow. Across the fields of mourning to a light that’s in the distance. Oh, don’t sorrow, no don’t weep. For tonight at last I am coming home. I am coming home».
«Y tu corazón late tan lento. A través de la lluvia y la nieve caída. A través de los campos de luto hacia una luz que está en la distancia. Oh, no te aflijas, no, no llores. Por fin esta noche vuelvo a casa. estoy volviendo a casa».
U2 es, por todo esto, casa. Nuestra casa.

