¿Por qué la peña compra entradas para Morrissey, me preguntas? Porque nos va la marcha que te cagas. Aparentemente no hay que ir más allá, somos así y ya está. Pero opino que hay mucho más allá, pero además very deep y allende los mares. Estamos hablando tanto de ‘el Curro Romero de Manchester‘ estos días que ya no sé ni por donde empezar. Pero lo vamos a intentar.
Casi mejor que lo diga por mí mi querido Pepe Brasín, pues anoche en uno de esos chats de U2 infernales donde se habla de música de manera violenta, por lo visto yo lo tenía clarísimo (era sábado noche, no recuerdo tanto y paso de mirarlo). Tal que así: «Dice @davidgallardo78 que en una era en que los artistas no fallan seguir teniendo el cosquilleo de si va a pasar o no forma parte de la experiencia completa y la eleva a algo distinto. El último punk real«. Y luego ya él mismo añade el cierre: «No hay éxtasis sin dolor».
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Eso que dice Pepe no es palabra por palabra lo que dije, pero sí. Me veo declamándolo ante un teatro abarrotado de gente que me da la razón entre vítores y loas a mi (me perdonaréis la musicalidad) santa polla. Yo creo que la peña compra entradas para Morrissey porque necesita la incerteza como motor también. Nos dicen desde pequeñitos que tenemos que tener todo claro cuanto antes: nuestro oficio, nuestra pareja, donde queremos vivir. Yo qué sé: todo. Y es un puto agobio si te paras un segundo a pensarlo.
Necesitamos, según yo veo, saber que hay gente libre ahí fuera. Gente que dice ‘es que no quiero cantar‘. Y no canta. Punto. Y de alguna manera loca queremos formar parte de eso. Queremos contemplar esa obstinación infantil que tanto bien nos haría a todos y cada uno de nosotros en la vida adulta. Alguien que dice ‘no’ es revolucionario. Y sabe que tiene contratos y seguros, y fans que han viajado desde por ahí lejos, pero es que mira, ‘no’. Que he dormido mal, que no me da la gana hacerlo regular. Y no lo hace. Es de pasmo.
No le estoy dando la razón
No estoy dando la razón aquí el mancuniano, no va de eso esto. Obviamente está mal cancelar un concierto —el otro extremo es Bono cantando al día siguiente de la muerte de su padre, como cualquier currante—, así que imagínate que fueran, no sé, 407. Impresiona la cifra. «Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta», leo repetidamente por ahí. Hummm. No llega uno a perdonar semejante cantidad de espantadas sin que haya un algo ulterior que lo explique. Ver a Morrissey cantar en 2026 es algo así como, quizás, constatar que la reina de Inglaterra está realmente muerta.
Pienso en Axl Rose. Todos nos acordamos de los años gloriosos de Guns n’ Roses y aquella impuntualidad que provocaba disturbios en los noventa. Yo estuve en el Auditorio del Parque Juan Carlos I en 2006 y ya íbamos con el rollo de que empezaría cuando le diera la gana. Formaba parte, efectivamente, de la experiencia completa, como ahora lo es comprar entradas para Morrissey con la risa floja de que te la va a liar. Cantó ayer en Zaragoza, bien. ¿Cantará mañana en Sevilla? Joder, quién sabe. En un mundo en el que todo el mundo se vanagloria de saberlo todo, ni el cantante que tiene que cantar lo sabe. Hoy es domingo, caramba, el lunes ya veremos.
Morrissey es lo contrario al FOMO
Ese no saber qué demonios va a pasar contrasta infinito con esta moda de grupos españoles de mierda vendiendo entradas para el Movistar Arena 18 meses antes (¡pero de qué coño vais, fulanos!) Morrissey es lo contrario al FOMO. El FOMO lo padecen los que quieren ir a un concierto por los motivos equivocados, para figurar, con la música como último motivo. Los fans de Morrissey van por los motivos correctos: por si acaso le da la gana salir, cantar un ramillete de canciones que les definen como seres humanos y entonces poder contarlo. Si no sale, mierda, nos tocó la perder pero ya tenemos otra aventura que contar. Que el balón circule, juguemos, juguemos, venga, vamos.
Es verdad también que ayer sábado me iba por ahí a comer y tal, un plan de finde como cualquiera. Y, saliendo de casa, dije: ‘esperad un momento’. Y cogí el portátil y lo metí en el maletero del coche por si acaso cancelaba en Zaragoza y había que hacer la noticia en Mercadeo. No es ni medio normal ese gesto, pero me iba yo más tranquilo, a 300 kilómetros del Ebro, ya ves tú. Sigue siendo más noticia una cancelación a última hora de Morrissey que un concierto de puta madre, como parece ser que fue (obvio).
Lo del Botánico sí me jodió
Y claro que lo fue. Porque es purito efecto rebote. Ya nos canceló en el Botánico, al que sí iba a ir. Luego el jueves en Valencia. Dos seguidas, después de una década sin cantar por aquí. Se va creando esa ira, esa rabia, pero también la idea de esa aparición mariana. ‘Anda que como salga y esta sea la buena’. Ahí está el juego. En un país como el nuestro repleto de casas de apuestas en los barrios, ¿quién no querría jugarlo todo el six-seven rojo por si sale Morrissey a cantar ‘The first of the gang to die’?
Axl Rose, decíamos. Madrid, 2006, retomemos. Dos horas largas tarde salió el tío, cuando los camareros contratados hasta las doce ya habían abandonado las barras a su suerte, de manera que sencillamente las tomamos al asalto y nos servimos a nosotros mismos. El gentío arrancando los asientos y lanzándolos al aire. En esas estábamos, como críos sin ética ni moral tirándose arena a los ojos en un parque cualquiera, cuando se apagan las luces y 10.000 personas corren hacia el escenario y sale el cabronazo al grito de «You know where you are? You’re in the jungle, baby. And you’re gonna dieeeee».
Esto es de cuando asaltamos las barras aquella noche larga
Ese preciso instante en el que el mundo se detuvo lo valió todo. La adrenalina ahí concentrada creo que no la he vuelto a sentir jamás de los jamases. Eso es el rock que te libera del miedo a vivir y, si te acercas durante un segundo a esa esencia, ya no podrás volver a ser quien eras. «When you go black, you never come back«, aseguran por ahí. Esa incertidumbre contiene dentro la verdad definitiva solo a los presentes revelada. Que luego no lo vamos a poder explicar, porque todo son problemas: el concierto de GNR no fue tan bueno y la vuelta a casa caminando a las tres de la madrugada de un jueves un infierno. Pero aquí estoy contándolo con toda su épica hueca.
Me escribía César Arza el jueves cagándose en arameo en su mala suerte desde un tren rumbo a Valencia. Ahí le pilló la cancelación. Mal rollo. No cayó la bolita en el six-seven rojo. Comprar entradas para Morrissey es como jugar a la ruleta rusa con más balas en el cargador de las debidas: sabes que tienes las de perder, pero te sigues poniendo la pistola en la sien. Cuando algo sale siempre bien, está bien. Cuando algo que tiene muchas probabilidades de salir mal sale bien, sale especialmente bien.
Así que, después de todo, supongo que, como decíamos al principio, sencillamente nos va la marcha. Eso, y que Morrissey nos recuerda que somos más libres y estamos más vivos de lo que creemos. Con su actitud de mierda, Esteban Patricio nos abre una puerta a algún tipo de revolución contra todo lo que nos dicen que está bien y está manifestando alto y claro algo nuclear: Seamos libres y vivamos contra todo pronóstico.

