Sarah Connor tenía razón y Nat Simons, que siempre lo supo, lo escenificó en aquella noche de jueves que ya es ayer en Madrid: los del rock somos una especie en extinción. Pero justo por eso nos congregamos: para renegarnos y sentirnos, contra la putísima máquina, eternamente carne de cañón.
Ocurre que la primera vez que me dejaron ir al cine con mis amigos fue para ver ‘Terminator 2’. Sí, queridos niños, principios de 1992. Sarah Connor nos parecía una pertur, como tantas otras nos parecerían luego, pero el caso es que sonaban Guns n’ Roses. Vivimos al jodido Axl Rose en su prime. Buah, de locos.
Queda muy lejos todo aquello. Pero ha resultado que Skynet no eran precisamente los pececillos esos que te comen las pieles muertas de los pies, sino una inteligencia chunga que viene a por nosotros. Así que como, en efecto, siempre supo Sarah Connor, igual hay que sacar los pies descalzos de la pecera y rescatar del fondo del armario las botas guapas de las noches locas.
El nuevo disco de Nat Simons suena en Madrid
Pisar fuerte en tierra firme, en definitiva. Eso nos propone no sin ironía Nat Simons en su nuevo disco, ‘Pregúntale a Sarah Connor‘ (Calaverita Records, 2026). Un regreso al futuro de cuando el rock importaba, la música importaba, la esencia misma de las cosas importaba, y no andábamos todos como gilipollas en busca del like perdido en el templo maldito.
O nos salvamos o nos inmolamos pero, mientras llega el juicio final que sin duda está por llegar, vamos a conciertos de gente que toca con sus manitas y sus pies canciones que previamente ha compuesto. Esa es la salida de emergencia en la autopista hacia el infierno —buah, qué puta locura, literal, bro— que ante nosotros se abre esta noche.
Se ve todo tan claro con buenas canciones y una cerveza en la mano mientras la ciudad se va a dormir. Esta y no otra es la auténtica verdad revelada. Los felinos maúllan para advertirnos de que vamos directos al precipicio y entonces a ver quién demonios les deja la comida por ahí tirada, pero no atendemos a sus alertas y pensamos que son solo tontas peleas. Al final, como es natural, Nat Simons, la versión felina de Sarah Connor, se cansará de avisar.
‘Delorean’
Pero, mientras tanto, tonite, estamos todos here aquí still alive. ‘Delorean’, aparte del primer single de ‘Pregúntale a Sarah Connor’, es el tema nuclear de todo esto. Esa nostalgia que no tiene por qué ser mala, que también te puede hacer sentir bien, quizás generarte ganas de crear algo bonito. Lo que sea pero, por favor, humano.
Eso es, de nuevo, de lo que va todo esto y la vista está el repertorio: ‘Los ojos de peligro’, ‘Quién lo impide’, ‘Haces que mi mundo sea mejor’, ‘Nieve en el desierto’, ‘Así aprendí a volar’, ‘Ley animal’. Luego ‘Verano del 96’: «Seguro que muchos os acordáis de donde estabais entonces», lanza la tía, como si tal cosa. Madre mía, yo haciendo selectividad y viendo a Héroes del Silencio en el Palacio de los Deportes como premio el 7 de junio. Mareo, pequeño ictus y de repente es 19 de marzo de 2026. Hago chas y aparezco a tu lado con el pelo blanco, así de inapelable pasa el tiempo.
La banda, de hasta siete miembros y tres guitarras, es estupenda. Tanto que está feo destacar a cualquiera, pero me apetece nombrar a Mariana Pérez a la batería y Laura Solla a la guitarra. Purita actitud, totalmente toconas ambas, comandadas por una Nat Simons que también parece venida de otro tiempo y perteneciente a esa estirpe de buen rock de los setenta y los ochenta. Con voz y presencia para hacerse de sobra con el escenario y el respetable.
«Que esta noche, cuando salgáis de aquí, preguntéis un poquito menos a ChatGPT y un poquito más a Sarah Connor», tira la cantante antes de sacarle brillo a los galones que se ha ido ganando concierto a concierto para presentar a José Ignacio Lapido. A dúo ambos dos ponen sentido y sensibilidad a estos tiempos locos con ‘Tan extraño para mí’.
La lógica humana frente a la lógica de las máquinas
Acto seguido es Pablo Perea, cantante de La Trampa, quien aparece para otro dueto aguerrido a la par que melódico -muy Bryan Adams, como siempre yo le vi, un poquito menos ruidoso si acaso- en ‘Alain Delon’. Más calor hay en ‘Llamas de dragón’, (ahora sí) ‘Especie en extinción’ y el perfecto pop de Blondie en ‘Call me -canción que Giorgio Moroder ofreció inicialmente a Stevie Nicks, pero eso qué coño más da ya-. Acto seguido ‘Finale’ y luego esa hora cosa tan guapa que es ‘Déjalo ser’ como despedida en falso y cierre de mentirijillas.
Queda el bis con sorpresa, pues si ya había poca gente en el escenario de la Changó, decide Nat Simons meter tres violines para que ‘Más que a todo lo demás’ suena como tiene que sonar. Hasta diez músicos tocando al unísono —buah, qué puta locura, literal, bro—. Tan ambiciosa puede llegar a ser la locura humana frente a lo que dicte la lógica de las máquinas. Se nos va otra noche que, entre canción y canción, ha pasado de futuro esperado a presente fugaz y pretérito perfecto simple para siempre.
Lo que hará perdurar a esta velada será, como siempre, la banda sonora. La memoria que dejamos en los lugares y las canciones que sonaban mientras tanto. La de aquel viejo Terminator que en la primera era malo y en la segunda bueno es ‘You could be mine’, que por eso es a su vez la de aquellos chavales que contemplamos su evolución hacia el bien. Sarah Connor tenía razón en muchas cosas y estaría orgullosa de vernos resistir. Porque no tenemos ni idea de cómo ha pasado, pero ahora somos la resistencia. Lo bueno es que ya hemos empezado a poner música a nuestra rabia rockera contra la putísima máquina.

