¿Sabíais que Jean-Michel Jarre es hijo de Maurice Jarre, el compositor de las bandas sonoras de David Lean y ganador de tres Oscars por ellas? Ah, ¿que lo sabíais todos? Vaya, pues yo me enteré ayer, tirando de Wikipedia durante el concierto del Jarre hijo en Noches del Botánico.
O más apropiadamente, el segundo concierto, pues ya actuó hace una semana en el encantador recinto, con una muy buena entrada; y anoche, la segunda fecha cronológica aunque la primera anunciada, con un sold out canónico. Parece que en España, en 2026, sigue habiendo más fans del ambient y de la música electrónica de los que parece a simple vista.
Otra cosa que sucedía ayer, como todos sabemos queramos o no, es que España se jugaba ante Bélgica el pase a la semifinal del Mundial de Fútbol. Así que se veían tantas camisetas de la Roja como del artista francés entre el público del Jardín Botánico. Alguno, incluso, escuchaba el concierto por un oído y, auricular mediante, el partido por el otro. Se podría decir que Jean-Michel Jarre le puso banda sonora épica al deporte.
El público de Jarre tiene, de media, la misma edad que su gran éxito Oxygène, es decir, medio siglo; por lo tanto, las probabilidades de que fueran sus padres quienes les introdujeran en la música del compositor francés son enormes. Entre sus fans ilustres se encontraban ayer los divulgadores (qué palabra más versátil y más hueca) Íker Jiménez y Carmen Porter, cuyo programa Horizonte utiliza con frecuencia la música de Jarre. La sintonía de cabecera, de hecho, es una composición del propio Íker, «música electro-ibérica e indómita» inspirada por la obra de Jean-Michel.
Comenzó el concierto con quince minutos de retraso, nada grave, pero nos recordó un tiempo en el que los horarios eran más una sugerencia que una obligación. Para cuando Jean-Michel Jarre subió a su escenario, Bruno Mars llevaba una hora y media actuando en el Metropolitano y los Pixies ya estarían cenando después de su set en el Mad Cool.

La música de Jarre, como la de Fito o Leiva en nuestra esfera, es una gran aglutinadora de clases sociales: en la pista se entremezclan empadronados en Canillejas y en La Moraleja (ambos ejemplos, basados en hechos reales a mi alrededor) en aparente armonía. Es lo que tiene la música electrónica: es democrática, no le pertenece a nadie. Ni a los divulgadores más tóxicos.
Jean-Michel, a quien podría interpretar en el cine el actor Sam Rockwell, está en una forma física excelente para sus 77 años y lo demostró repetidas veces a lo largo de la noche, saltando al ritmo de su propia música y jaleando a los espectadores para que le imitaran. Es, además, bastante simpático y dicharachero: no habían pasado ni diez minutos cuando agarró el micro y se dirigió a su público.
Las pantallas traducían al castellano el discurso en (voluntarioso) inglés de Jean-Michel, pero lo hacían sin el menor amago de sincronizarse con sus palabras. Así que resultaba un poco caótico escuchar y leer cosas distintas. En todo caso, más allá de la amabilidad de preparar un discurso para el público español, las palabras de Jean-Michel eran una retahíla de lugares comunes: Goya, Picasso, Gaudí, Almodóvar, Rosalía, el flamenco, la paella… Patinó ligeramente al mencionar a García Márquez cuando quería decir García Lorca, pero rectificó enseguida y repetidas veces, temeroso de que el agravio hiciera que nos levantáramos en armas. No hubo insurrección.
Era consciente Jean-Michel de que la atención de sus espectadores estaba dividida, así que no le puso diques al mar: él mismo nos anunció a las once menos diez que España había metido otro gol, y más tarde celebró la victoria de nuestro equipo exclamando un «¡Viva España!» con más entusiasmo que Bertín Osborne. También añadió, con sorna: «See you next week!», pues es a Francia a quien se enfrentará España en la semifinal.
Mientras tanto, escuchábamos esa música retro-futurista que bien hubiera encajado en pelis de ciencia-ficción de los 80 (en esa área, Vangelis, Wendy Carlos o John Carpenter le comieron la tostada. Es obvio que Maurice, quien abandonó a su hijo a los cinco años, no consideraba que hubiera sitio en Hollywood para un segundo Jarre). No se desvanece la duda de cuánto de lo que está sonando en el concierto viene pregrabado, así que, para «meternos en la cocina», en palabras del mismo Jean-Michel, las gafas del artista tenían una cámara incorporada que nos mostraba todo lo que este hacía durante «Oxygène (Part II)». Quizá a alguien le abriera los ojos; a mí me parecía un plano de las manos de Spock toqueteando el puente de mando del Enterprise. En cualquier caso, quedaba chulo en las pantallas.
Las mismas pantallas que nos inundaron con un torrente de vídeos hechos por IA durante el concierto. Jean-Michel volvió a coger el micro para soltarnos un discurso loando las virtudes de la Inteligencia Artificial, argumentando que «no debemos tener miedo a la tecnología, que también puede ser poética y orgánica. Para los artistas, puede ser una oportunidad para ampliar nuestra imaginación. Para mí, IA significa Imaginación Aumentada». Bien, no sé cuánta defensa necesita la Inteligencia Artificial (parece estar haciéndolo bastante bien ella sola), pero el compositor me recordó aquel episodio de Los Simpson en el que el presentador del informativo Kent Brockman, creyendo que hormigas gigantes habían dominado el mundo, les daba la bienvenida y se ponía a su servicio. Quédate tranquilo, Juan Miguel: las máquinas saben que llevas toda una vida abogando por ellas.
Con ritmos electrónicos algo más vertiginosos, la victoria de España en el bolsillo y el olor a hachís que flotaba en el aire, el humor de artista y público fue excelente en la segunda mitad del espectáculo. Los cincuentones bailaban en la pista (a la grada le costó más despegar), quizá humillados por la energía del septuagenario intérprete. El juego de láseres y luces había virado de colores fríos a otros más cálidos, lo que sin duda ayudaba.
Jean-Michel Jarre les dio a sus seguidores lo que esperaban de él en sus dos citas madrileñas. No hay ninguna razón, dada la atemporalidad de la música del artista francés y su buen estado físico, para que no pueda repetirse dentro de un lustro o dos. Si pensamos en su momento que la música electrónica de baile era patrimonio exclusivo de la juventud, Jean-Michel Jarre nos obliga a repensar varios de estos conceptos.

