El bolazo de Limp Bizkit la noche del 1 de julio en Madrid hay que empezarlo por el final, con el Movistar Arena hasta la bandera completamente encendido y convertido en la tierra de los mil pogos. El suelo derretido en la ciudad es lava, pero Fred Durst y los suyos combaten el calor tocando por segunda vez ‘Break Stuff’, generando como colofón una ola abrasiva aún mayor de energía que lleva a 15.000 personas hasta la combustión definitiva.
«Jurao que varios pensábamos que estaba lloviendo fuera y el techo tenía goteras«, asegura un asistente, convencido de que el sudor se condensó y se convirtió en lluvia de interior. «Me duelen hasta las pestañas«. «Viendo los vídeos me parece increíble que sobreviviera ahí metido». «El concierto más intenso que he vivido, casi me desmayo y perdí mi power bank y mis gafas». «¡He perdido hasta la zapatilla!» «Un concierto como toda la puta vida, ni zonas VIP ni separaciones, y gente saltando sin sentido alguno«.
Todos estos son comentarios que podéis encontrar en los vídeos que publicamos anoche en redes sociales y que recogen el sentir general de los asistentes, que sin duda esperaban con ganas de batalla campal a la banda estadounidense 14 años después de su última visita a Madrid (Getafe, concretamente). Una cita especial para la que la cofradía de las gorras rojas (un montón había entre el gentío) se vistió de gala con el chándal de los domingos para meterse en vena 105 minutos de intensidad, sudor y nu-metal con aroma a clásico porque de todo empieza a hacer ya mucho tiempo. Pero, eh, que aquí seguimos: en el moshpit infinito.
Limp Bizkit en Madrid es día feriado
Cierto es también que los años de gloria de Limp Bizkit quedaron allá atrás, en el cambio de milenio, cuando el nu-metal dominaba el mundo (aquello ocurrió, queridos niños) y eran la banda del momento gracias a discos tan memorables e influyentes como ‘Significant Other‘ (1999) y ‘Chocolate Starfish and the Hotdog Flavored Water‘ (2000). Desde entonces, bajón creativo, proyectos paralelos, idas y venidas, largos parones y tan solo tres discos, el último de ellos hace ya cinco años. ¿Pero a quién le importa toda esa mierda del pasado si hoy estamos de día feriado?


Rebobinamos hasta las 21:15. Con puntualidad yanki toman el escenario John Otto (baterista), DJ Lethal (samples y programaciones), Richie Buxton (bajista), Wes Borland (guitarrista) y Fred Durst (voz). Comienzan con ‘Stuck’ y de un plumazo se van lejos todas las dudas y cobran vida con plena potencia todas la certezas. ‘Just Like This’ y ‘9 Teen 90 Nine’ impulsan el recital para coger más altura y (la primera vez de) ‘Break Stuff’ nos parte la puta cara con la insolencia siempre inherente a esta banda.
Con semejante olla a presión burbujeando, pincha DJ Lethal el ‘Aserejé‘ en uno de sus famosos y recurrentes interludios musicales, a cada cual más sorpresivo. Porque, convengamos, entre todo lo inesperado que esperábamos ver esta noche no estaba Fred Durst haciendo el bailecito de Las Ketchup. Pero sí, lo hace, justo antes de que la banda ataque la versión de ‘Faith‘ de George Michael que tanto ayudó también a ponerles en el mapa casi treinta años atrás, a la que sigue Wes Borland deleitando al respetable con un cachico del ‘Master of Puppets‘ de Metallica antes de un ‘Hot Dog’ especialmente caliente.
«¡Qué bestias, tío!»
Continúa el carrusel de nuevo con DJ Lethal pinchando un cachico del ‘True‘ de Spandau Ballet y resulta, mira tú, que a toda esta peña metalera le sale un falsete colectivo la mar de apañado con una naturalidad pasmosa. Pero a qué estamos, ¿a setas o a Rólex? [risas enlatadas de sitcom]. Bueno, se ve que en la intimidad el pop tira más de lo que parece. Y se ve también que el público es en buena parte talludito, integrado por los cuarenticincuentones que fueron veinteañeros entonces y que vienen a la guerra a saldar cuentas pendientes sin ninguna intención de hacer prisioneros.
‘My Generation‘ y ‘Livin’ it up’ ponen la pista todavía más del revés y a las gradas en pie. Porque esta noche está más claro que nunca que hay varios conciertos en uno en función de donde esté cada uno. «¡Qué bestias, tío!», dice un pavo detrás mía. Y tiene mucho mérito transmitir eso, básicamente porque estamos casi tocando el techo del pabellón en lo más alto del gallinero. Da hasta vértigo, y aquí nos han colocado hoy a los periodistas, que ya me diréis si es el lugar idóneo para informar a tanta distancia y sin un montaje especialmente grande, pues no tiene más que dos pantallas de tamaño tampoco gigante (aunque lo cierto es que se escucha bastante bien gracias a un par de repetidores colgados de la techumbre que revientan que no veas).
La pista es un organismo vivo
Pero bueno, debates profesionales aparte, si acá arriba el gentío siente eso, cómo estarán esos de allá abajo, tan apretujados, avalancha va, maremoto viene. En el paraíso del chándal metal están, obviamente. Porque, desde aquí, la pista parece un organismo vivo que late, bombea y respira a bocanadas. Hay algo ciertamente hermoso en contemplar a miles de personas pegándose de hostias en círculos con una fraternidad y una nobleza que no ves por las mañanas en el Metro. Es, en definitiva, una obra de arte que alcanza su máxima expresión al fusionarse con la música interpretada en vivo desde el escenario, lo cual nos recuerda que sin banda no hay concierto, pero sin público tampoco. En esa simbiosis es donde emerge en esencia lo que demonios sea Limp Bizkit.
Pero no nos dispersemos. Se suceden ‘Eat You Alive’, ‘My Way’, ‘Rollin’ (Air Raid Vehicle)’, ‘Nookie‘ y ‘Full Nelson’ con un chico y una chica del público viviendo el momento de su vida micrófono en mano junto a un Fred Durst que, a sus 55 años, mantiene la voz, la pose desafiante y los andares chulescos, pero ya lógicamente sin los excesos físicos. Una edad considerable ya y que quizás le haya ablandado, porque está especialmente risueño, bromista y agradecido, nada que ver con el veinteañero airado de antaño. Una delicia es también ver a Wes Borland aunque sea desde tan lejos, con su emblemático vestuario y esa forma tan original suya de sacar de la guitarra sonidos singularísimos. El resto de la formación es la amalgama necesaria para que todo fluya y estos dos brillen, cada cual a su manera.
El reventón final
Nos precipitamos hacia el final con el empaque egregio de ‘Boiler‘ (que siempre me recuerdo a un tanque avanzando, no sé por qué), y la emoción de ‘Behind Blue Eyes’ con el necesario recuerdo a Sam Rivers, cofundador y bajista del grupo fallecido el año pasado a los 48 años. ‘Take a look around‘ suena también todo lo grande que tiene que sonar una canción generacional, que además puso banda sonora a la peli de ‘Misión Imposible 2‘, y que esta noche lleva a la concurrencia, a lo Tom Cruise, a niveles de exigencia física con los que no contaban apenas hora y media antes.
La gran mayoría cree que esto se acaba aquí, pero sin solución de continuidad se encienden las luces del palacio de los deportes para la sorpresa anunciada (por mucho que Fred diga «this is for you», es habitual en este tour) de tocar ‘Break Stuff’ por segunda vez. No puede uno evitar recordar que esto lo hacía U2 tocando al principio y al final ‘Vertigo’ en su gira de 2005 y 2006, y la segunda siempre era mejor que la primera. Exactamente lo mismo ocurre esta noche, sea por la excitación, por la despedida inminente, por ese intento de agarrar el momento presente mientras inexorablemente pasa en tiempo real a ser un recuerdo del pasado, pero la segunda siempre es mejor. Y si la primera vez ya nos partieron la puta cara, ahora nos revientan sin ninguna delicadeza. Benditos sean.

