La voz de ZAZ trae una brisa afrancesada a un Botánico asfixiado por el calor

Crónicas

Las Noches del Botánico (y las de toda España, en realidad) se vuelven tropicales esta semana y los abanicos hacen lo que pueden para minimizar el bochorno en grada y en pista durante los conciertos. Los espectadores llegan cada vez más pronto al recinto para aprovechar el desahogo térmico que ofrece el Jardín Botánico, pero también empujados por el temprano inicio de algunos espectáculos. El de ZAZ lo hizo a las nueve y media, lo que provocó un colapso en los foodtrucks y puestos de hostelería en los minutos previos.

El público de la cantante francesa es multigeneracional, pero -de forma comprensible tras quince años de carrera- empieza a tener cierta edad. Además, algunos de los géneros que Isabelle Geffroy utiliza como ingredientes de su receta singular (la canción francesa, el jazz) son del agrado de los espectadores maduros, así que estos tienen una presencia notable. Desconcierta que los fans tengan más edad que el artista, pero es buena señal: indica que están allí por el valor de la música, sin otras consideraciones.

A un lateral del escenario se había vallado una zona de PMR (plataforma para personas con movilidad reducida) que fue desmantelada minutos antes de comenzar el concierto. ¿Alguna exigencia del manager de la intérprete? No tenía mucho sentido porque ya hay un espacio adaptado al pie de la grada con excelente visibilidad. Y en un día como ayer, restar metros cuadrados a los espectadores de pista no era la mejor de las ideas; por suerte, revertida a tiempo.

Cuatro excelentes músicos integran la banda de ZAZ. Formando un amplio semicírculo en el escenario y dedicados a sus instrumentos (guitarra, teclados, batería y bajo/contrabajo, según corresponda), dejan todo el espacio para que la cantante baile, salte, dé vueltas sobre sí misma y retoce por el suelo. Isa -nos tomamos la confianza porque así tituló ella su penúltimo disco- es un espíritu libre sobre las tablas, volcada en la cruzada de proyectar energía positiva sobre cada uno de los espectadores que han pagado por verla. Cuatro mil, anoche en Madrid.

Fotos de Vega Halen

Pero no es el disco Isa el que ha salido a defender en esta gira, sino el publicado el año pasado, Sains et saufs, y de qué manera: hasta diez de sus temas sonaron anoche en el Botánico. No pesaron porque, aunque era obvio que parte del público no había escuchado con atención estas nuevas composiciones, las canciones de ZAZ son ligeras como una pluma y meritoriamente breves, casi nunca por encima de los tres minutos de duración.

Chapurrea Isa un castellano bastante decente (su madre era profesora de español) y lo espolvorea sobre algunas de sus composiciones. La primera canción de la noche, «Je pardonne», dice en su estribillo: «Te perdono, me perdono, pero lo recuerdo todo», así, en nuestra lengua. Por lo que los espectadores poco fluidos con el francés como un servidor pudimos tararear estrofas desde el principio del show.

Algunos de sus parlamentos entre canción y canción, tan acelerados como ella, que tiene un trastorno de hiperactividad diagnosticado, eran recibidos con un aplauso de cortesía que dejaban entrever que la mayoría no había pillado su significado. Otros discursos más ensayados iban acompañados de su traducción en castellano en las pantallas, aunque despertaban la misma confusión porque eran tan crípticos que parecían haikus.

Tras la muy tarareada «Qué vendrá», que podría haber compuesto Manu Chao en el momento álgido de su carrera, Isa subió al escenario a una pareja del público. Él hincó la rodilla para proponerle matrimonio a ella y cuatro mil personas conmovidas los aclamaron, mientras ZAZ daba su bendición. Todo muy emocionante salvo por el pequeño detalle de que ella no tuvo ocasión de decir ni que sí ni que no. Varios espectadores de pista felicitaban a la pareja mientras volvían a su sitio, pero es complicado saber si el amor triunfó.

Hasta cuatro veces se cambió Isa de ropa en los magros noventa y cinco minutos de concierto, con tal frecuencia que casi no le daba tiempo a sudar la camiseta a pesar del calor y de su energía. Agarró la cámara para coquetear con ella (y con todos los presentes a través del primerísimo plano proyectado en las pantallas) durante «J’imagine que tu sais». Poco después, esa misma cámara la seguiría, o más bien perseguiría, durante un paseo que abarcó la pista completa y que electrizó a todos los espectadores, allá abajo.

Fotos de Vega Halen

Un sonido prístino permitió brillar a la voz de terciopelo de ZAZ y a la ejecución de los músicos, a los que Isa presentó poco antes de la primera despedida, a los ochenta minutos del comienzo. En el bis, se modificó el repertorio habitual para hacerle hueco a su versión de «Esta tarde vi llover», de Armando Manzanero, cuya letra leyó Isa de un atril dispuesto a tal fin. No obstante, la canción más coreada de la noche, en castellano o en francés, fue la última, «Je veux», la que lanzó la carrera de la intérprete en 2010.

No es que ZAZ necesite mucha recomendación después de seis elepés publicados y de múltiples conciertos en nuestro país en la última década, pero sirvan estas líneas para dejar constancia de que la turonense, a sus cuarenta y seis años, está en una forma envidiable sobre el escenario y de que nadie ha de dudar en asistir a un recital suyo. Bilbao y Barcelona tendrán otra oportunidad este mismo mes de julio.

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