Una edición bastante completa y ecléctica la que hemos vivido este año en Mendizabala, con mucha variedad y calidad. Como siempre, lo peor ha sido perderse algunas cosas por no tener el don de bilocarnos, y lo mejor –conciertos aparte– reencontrarse con viejas amistades, y hacer otras nuevas. Pero, como decía aquel, vamos por partes:

Jueves 18
Asuntos personales de última hora nos hicieron retrasar el viaje y no pudimos estar en el recinto a la apertura de puertas, pero afortunadamente llegamos a tiempo de ver a Robert Finley, dando una serena lección magistral de blues y soul.
Comienzo ideal antes de meternos ya de lleno en modo festivo con DeWolff y su fabuloso cóctel setentero de hard rock, blues, soul, funk y hasta psicodelia. No podían faltar las incursiones de Pablo entre la gente, y los guiños a los clásicos, sacando esa voz negra tan sorprendente en un chaval holandés. Un par de coristas ponían la guinda a la fiesta con sus voces y sus bailes, tirando de abanicos para aliviar el calor de la tarde que ya iba cayendo. Esta banda es siempre una apuesta segura.
Vuelta al escenario principal para ver y oír a Imelda May, que hace ya tiempo que ha demostrado ser una gran dama con una presencia tremenda, capaz de deslumbrar en diferentes registros. En esta ocasión recuperaba el rock and roll clásico de sus primeros discos, con el aliciente añadido de la presencia de su ex, Darrell Higham, de vuelta con su guitarra (una Gretsch verde preciosa, por cierto). Una celebradísima reunión en la que parecieron disfrutar retomando esa vieja complicidad, recuperando clásicos propios y ajenos. Ah, y mencionar también el bonito detalle que tuvo de recordar a su amigo Jeff Beck. Una jefa total, Imelda.

Hicimos la primera incursión en la carpa para ver a The Concrete Boys, de quienes nos habían
hablado muy bien (en realidad, los componentes de Powersolo haciendo el gamberro con un
par de coristas como refuerzo). Y no nos decepcionaron: imprevisibles, sorprendentes y
totalmente irreverentes, estuvieron muy divertidos y cañeros. Nos hubiésemos quedado hasta
el final, pero iba tocando reponer fuerzas antes del plato fuerte de la noche, cosa que hicimos
con Corrosion of Conformity sonando de fondo desde el segundo escenario.
Y llegó el momento de disfrutar al fin con The Hives (a quienes, por diferentes motivos, no
había podido ver nunca en directo todavía). Efectivamente, son tan explosivos y divertidos
como esperaba, con esas canciones que combinan humor y contundencia sonora, pero me
acabó resultando un poquito cargante el reiterativo speech de Pelle, empeñado en hacerse el
simpático y en decirnos no sé cuántas veces lo buenos que son ellos y sus discos. La arrogancia
puede ser divertida, y hasta necesaria en un concierto de rock, pero el chiste repetido una y
otra vez entre canción y canción no sólo pierde toda su gracia, además hace que la pierda
también su música al cortar constantemente el ritmo del concierto. Pese a todo, los azkenitos,
azkenitas y todos los demás disfrutamos del show de los suecos.

No queríamos perdernos tampoco a The Adicts despidiéndose tras medio siglo sobre los
escenarios, y la verdad es que dieron todo un espectáculo: teatrales y muy divertidos, pero
sobre todo muy contundentes y con buenas canciones detrás. Y sin parar, enganchando una
con otra sin apenas respiro, mientras soltaban repetidas andanadas de confeti y cintas, y al
final hasta unas decenas de enormes globos (rellenos también de confeti, como no). Dios salve
el punk británico de la vieja escuela.
Camino de la salida había que entrar a ver a la banda que cerraba el cartel. Y menuda banda:
bajo el nombre de Angel y Cristo se esconden unos individuos que no es extraño que no
quieran dar la cara, aunque cara precisamente no les falte. Inenarrable lo que perpetraron los
susodichos individuos en la carpa (este año abierta por el fondo tras el escenario, cosa muy de
agradecer para que no perezca nadie ahí dentro). Con unas delirantes performances
claramente pergeñadas para distraer la atención ante su absoluta falta de talento musical (“¡os
hemos engañado, creíais que sabíamos tocar!”, reconocieron sin el menor sonrojo), aún no
estamos seguros si su show fue lo más lamentable o lo más genial de la jornada. El caso es que
allí nos tuvieron entretenidos y alucinando un buen rato, así que algo tendrán estos
sinvergüenzas.
Viernes 19
Acudimos por la mañana a la plaza de la Virgen Blanca para ver y oír un poco a Bywater Call,
pero, a pesar de su interesante y elegante propuesta, como es habitual no pudimos aguantar
mucho a pleno sol delante del escenario. Es una pena, pero habría que buscar una manera de
que estas matinales puedan disfrutarse en vez de tener que sufrirlas. Con todos los espacios
verdes que hay en Vitoria, programar conciertos a esas horas en una plaza sin una sola sombra
es una tortura, algo casi inhumano. Afortunadamente, hay multitud de bares cercanos, así que
al final hay que conformarse con oír algo desde lejos, para no fenecer a la solanera en la plaza.

No es extraño en casi ninguna edición del Azkena acabar empapado por un chaparrón
repentino, que te puede pillar en cualquier lugar, y en este caso nos cogió camino del recinto.
Llegamos empapados y nos fuimos a ver si nos secábamos al calor de The Del Fuegos. Los de
Boston están de vuelta con sus viejos temas, y con alguno ajeno entre medias, ofreciendo un
concierto que sin llegar a ser memorable sí que nos dejó una buena impresión.
Con la amenaza de la lluvia sobre nuestras cabezas, nos dirigimos al escenario principal para
disfrutar en primera fila del regreso de Los Enemigos después de un par años sin hacer
conciertos. Con un guiño al añorado Jorge Ilegal arrancaron un bolo sin concesiones ni fisuras,
con la contundencia de sus viejos clásicos y también algunos de los de este siglo, incluido el
estreno de “Canciones chulas”, tema que da título a su inminente nuevo álbum. Ni poses ni
aspavientos, solo rock de barrio y mucho oficio sobre las tablas. Ni la persistente lluvia pudo
empañar el reencuentro con la banda madrileña, que se despidieron del respetable sonrientes
y agradecidos. El placer fue mutuo.
En esta ocasión el cartel presentaba menos nombres de lo que viene llamándose americana
que en otras más recientes, y uno de los más destacados eran Old Crow Medicine Show, que
demostraron ser unos magníficos representantes de los sonidos norteamericanos más rurales
y festivos. Y es que realmente eso era lo que se vio en escena, una juerga continua de bailes y
cánticos con un acompañamiento musical cambiante y frenético que contagiaba a la
concurrencia, convirtiendo su concierto en una gran fiesta.

Entre los regresos de este año, uno muy esperado era el de Sugar. Pocos de los presentes
pudieron verles en su momento, y eran muchas las ganas de comprobar si Bob Mould y sus
compinches mantendrían viva la llama de ese repertorio, cosa que no tardaron mucho en
demostrar. Desde la primera canción quedó claro que, aunque el paso del tiempo sea evidente
en el aspecto físico, su espíritu se mantiene inquebrantable. Sonaban como si estuviéramos
treinta años atrás, potentes y directos. Solo la pertinaz lluvia se empeñaba en incomodarnos
de nuevo, así que aprovechamos para refugiarnos un poco en la carpa y ver a Henge, de
quienes también teníamos muy buenas referencias. En este caso no nos pareció que fueran
para tanto y decidimos volver a mojarnos con los de Mineapolis en su triunfal vuelta (aunque
quienes se quedaron en la carpa nos aseguraban luego con entusiasmo que la cosa no solo fue
a mejor, sino que acabó siendo apoteósica, cosa que no podemos discutir – pese a las claras
señales de abducción que mostraban al contarlo los interfectos).
Algo había que comer en algún momento, así que con un oído en The Temperance Movement
y el otro en Tropical Fuck Storm echamos un bocado antes de coger sitio para la función de
Alice Cooper en el escenario principal. Otro personaje al que a estas alturas aún tenía
pendiente de ver en vivo, aunque parezca mentira. Y claro que ya no es como verle hace
cincuenta años, por supuesto, pero es asombroso y admirable cómo este tipo, casi
octogenario, puede seguir echándose a la carretera para montar semejante circo ambulante.
Un despliegue escénico que sigue incluyendo buena parte de sus números clásicos y que,
cómo no, tiene el respaldo musical de una banda formidable tocando una colección de himnos
generacionales que a nadie pueden dejar indiferente. No esperes nada nuevo, el milagro es
que ese espectáculo todavía exista con su creador al frente. Otro maldito vampiro que se niega
a envejecer. Bendito sea.

Algo de vampiro igual sí que tiene también Evaristo, porque parece que por él tampoco pasan
los años. Aunque su circo es muy diferente, desde luego. Aquí no hay lugar para monstruos ni
pesadillas sobre el escenario, que bastantes hay ya en la vida cotidiana, y contra eso lleva
cantando toda la vida Evaristo, que repasa coplas y consignas de toda su extensa carrera bajo
diferentes nombres usando ahora solo el suyo, sin más. Genio y figura. Y con una camiseta que
decía “Futbol is dead” en plenos mundiales, mientras se encendía un cigarro diciendo a los
anti-tabaco que peor es morirse por trabajar. Eso era el punk. Lo dicho, un grande.
Quisimos llegar a ver el final de Voivod camino de la salida, pero los encuentros con el resto de
personal que iba también de retirada, comentando la intensa y lluviosa jornada, hicieron que
ya solo les viéramos despedirse. Pues eso, que gracias, buenas noches, y mañana más.

Sábado 20
De nuevo aparecimos por la Virgen Blanca para ver un poco a The Backyard Casanovas, pero
eso, un poco. Por atractiva que sea la oferta musical, empezar la jornada (tercera ya) expuesto
de pleno al sol de mediodía no se aguanta mucho rato. Mejor refugiarse por los soportales o
las calles en sombra para disfrutar también la gastronomía local, que siempre es un aliciente
que no hay que perderse cuando se viene a Vitoria.
Hay comidas y sobremesas que tienen que ser sin prisas, y por poco que se alarguen te hacen
llegar al recinto con los tres escenarios ya arrancados. Según entramos estaban dando cera
Split Dogs en el pequeño, con una propuesta muy convincente, pero tampoco nos quedamos
demasiado tiempo a verles porque en el principal estaban Superchunk casi en el tramo final de
su actuación. Otra banda noventera casi de culto, que mostraron también como se mantiene la
llama de aquella época y de aquellas canciones. Sonaron tremendos el poco rato que les
pudimos ver, y en ese rato volvimos a ser un poco más jóvenes.

Una de las presencias más llamativas en el cartel de este año eran Sleaford Mods, el singular e
inclasificable dúo británico, que a más de uno le debieron hacer levantar la ceja al ver ahí su
nombre – y a otros les debió sonar directamente a chino. Igual hay quien piense que hubieran
sido más apropiados en Trashville, y lo mismo habían montado allí un lio increíble, pero su
presencia en el segundo escenario resultó justificada, y fue muy natural y bastante celebrada,
con gente de lo más variopinta y aparentemente ajena a ese rollo enganchándose a bailar con
estos simpáticos hooligans. ¿Igual era la primera vez que alguien actúa aquí sin tocar un solo
instrumento? Habrá que revisar la hemeroteca azkenera, de la que ya han pasado a formar
parte.
Y de ahí tocaba peregrinar de nuevo al escenario grande para otras de las citas más sonadas:
pocos años después de su última visita al Azkena, aquí estaban Social Distortion para presentar
su nuevo álbum. Empezaron con las últimas luces de una tarde ya de por si oscura, con algo de
lluvia y con un sonido bastante escaso de volumen, algo que hizo temer un concierto que no
estuviera a la altura de lo esperado. Pero Mike Ness tiró de oficio y de tablas para conectar con
la gente, y lo del volumen poco a poco también se fue mejorando, con lo cual la lluvia acabó
siendo un mal menor que al final tampoco molestaba tanto. Y según fue entrando la noche todo
fue cobrando fuerza y magia, quedándose un concierto estupendo. Lógicamente, echamos de
menos muchas canciones, algo habitual en un festival, donde el tiempo siempre es más limitado,
pero acabar cantándole a Trump “Don’t Drag Me Down (Motherfucker)” fue un estupendo
broche final.

Todavía nos daba tiempo de intentar ver un poco al Capitán Entresijos, así que nos fuimos hacia
el Trashville para apurar el final de su concierto, disfrutando de unos minutos cortos pero muy
intensos. Aquí no había contención ninguna, todo lo contrario: desmadre y desparrame sin
control. Vamos, el torbellino que viene siendo siempre el Capitán sobre el escenario, sin más
control ni colchón que Dani detrás siguiéndole el ritmo. A falta de bises de Social Distortion,
nada mejor que esto para rematar.
Un poco de reposo para afrontar el final de la jornada nunca viene mal, y sentarse en la hierba
a ver a Jason Isbell no parecía mal plan. Y no lo fue. Fue pasando de ser el fondo musical de las
conversaciones a reclamar puntualmente más atención, hasta empezar a hacernos girar las
cabezas y cerrar las bocas, y acabar levantándonos para ver y oír cumplidamente ese repaso a
diferentes palos de los sonidos clásicos norteamericanos, magistralmente interpretados por
una banda espectacular. Un afortunado acierto haberles elegido como reposo.

Otro nombre que a priori quizás no cuadrase a mucha gente era Carpenter Brut. ¿Rollo
electrónico en el escenario principal del Azkena? Pues por qué no. Y más si viene arropado por
un guitarrista y un batería que ya quisieran muchas bandas metaleras. Llámalo rave rock,
llámalo synth thrash, o simplemente olvídate de etiquetas y deja que te hagan moverte. Nos
hicieron bailar como si no hubiese un mañana, y cuando mirabas para las pantallas ya
terminabas de flipar con los universos visuales paralelos en que te pueden envolver. Y ya como
remate, acabar con “Maniac”. Buah… ¿Quién no pensó alguna vez en un after “si a esto le
metieras una batería de verdad y una buena guitarra…”? Pues eso, ahí lo tienes.
Therapy? eran otro de esos nombres marcados para no perderse. Otra banda pendiente de ver
en concierto, y por la que siempre he tenido cierta debilidad. Todavía con el subidón de lo que
acabábamos de presenciar nos fuimos al escenario pequeño, donde mucha gente esperaba a
los irlandeses. Desde que salieron a escena quisieron asegurarse de que allí todo el mundo
estaba dispuesto a pasarlo bien con ellos, y que la conexión iba a ser total. Y así fue, desde la
primera canción hasta que se despidieron. Si con Sugar o Superchunk retrocedimos al siglo
pasado por un rato, aquí hasta nos desaparecieron las canas. Allí alrededor de ese escenario
pequeño hubo momentos en que cantamos a grito pelado y nos abrazamos con quien
tuviéramos al lado en ese momento, seguramente porque todos estábamos compartiendo esa
sensación, pero sin duda porque estábamos presenciando un despliegue de energía y de
feeling recíproco, esa comunión entre público y músicos que hace que aquello sea lo mejor
que nos podría estar pasando en ese momento a todos. Y eso, si tiene nombre, es como
mínimo felicidad. No sé si fue el mejor bolo del festival, pero probablemente fue el que más
disfruté. De los de quedarse a vivir en ellos.
Por desgracia (y por suerte, que la eternidad debe ser insoportable) todo tiene un final, y
después de esto nos podríamos haber ido sin más, totalmente satisfechos y sonrientes. Pero
para volver a aterrizar en la tierra poco a poco apuramos ya lo que quedaba, que eran Cuir en
la carpa. Rebeldía punk encapuchada entre lo analógico y lo digital, guitarras distorsionadas
sobre bases programadas y dos MCs arengando a la peña, que no tardó en empezar a subirse
al escenario para lanzarse en plancha, con diferente estilo y suerte según los casos. Un buen
desparrame final para una edición bastante memorable del Azkena.
Ahora, a esperar un añito para la próxima cita. A ver qué nos preparan para el 25 aniversario.
Sea lo que sea, seguro que merecerá la pena.
Texto: Javier Espinosa
Fotos: dnavarro1975, patapalo, Sergio Albert, darachriss

