‘Hasta que me quede sin voz‘, el largometraje documental sobre Leiva que han creado a ocho manos Lucas Nolla, Mario Forniés, Sepia y, aunque sea únicamente por dar su beneplácito, el propio Leiva, encierra una paradoja. Es una película reveladora sobre el músico, pero no por lo que cree contar (ese daño en la cuerda vocal de Leiva que hace peligrar la continuidad de su carrera como cantante), sino por lo que deja entrever.
Le gusta repetir a Leiva durante la promoción que insistió a los directores que no cayeran en la trampa de la hagiografía. Probablemente sea cierto, pero esto ha ocurrido de todos modos porque es difícil que te disguste la persona, o el personaje, o lo que sea, que protagoniza ‘Hasta que me quede sin voz’: un tipo que sigue viviendo en su barrio periférico cuando podría permitirse hacerlo en un ático en Gran Vía; que juega al fútbol en un campo de tierra con sus amigos de la infancia; que se hace un bocadillo y se va a caminar por la sierra a primera hora de la mañana cuando esa misma noche tiene concierto multitudinario en Madrid; que va a comer a casa de sus padres y pide llevarse las sobras en un táper (almodovariana respuesta del padre: «Te puedes llevar todo menos mi alioli»).
E incluso los fans primigenios de Pereza recibirán como un bálsamo las escenas de la película en las que Rubén Pozo y Leiva se reúnen entre bambalinas y sobre el escenario para interpretar juntos algunos temas de su proyecto conjunto, sin aparente mala sangre. Así que, sí, hay menos Leiva y más Miguel Conejo en ‘Hasta que me quede sin voz’, pero sigue siendo el retrato de un ser humano bastante decente, hasta donde nos permiten otear.
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Según Wikipedia, un Macguffin, término acuñado por Alfred Hitchcock, es «una excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de una historia, pero carece de relevancia por sí misma». De acuerdo con esto, el Macguffin de ‘Hasta que me quede sin voz’ es el problema vocal de Leiva. Y claro que podemos entender la angustia de un cantante que vive bajo la constante nube negra de la afonía y, como consecuencia de ello, de la cancelación de sus giras (se me escapa por qué el film dedica diez minutos de metraje a loar a Joaquín Sabina y no le saca más partido al efecto espejo en las dificultades de voz de ambos artistas).
De hecho, las escenas a priori más difíciles de ver del documental son las posteriores a su operación de garganta: incapacitado para hablar durante semanas, ha de utilizar una pizarra comprada en el «chino» de su barrio para hacerle saber a la gente lo que necesita.
Tráiler de ‘Hasta que me quede sin voz’ de Leiva
Hábilmente, la voz narradora de Leiva que recorre la película y que los directores han ido extrayendo de entrevistas informales, se vuelve rasposa tras la operación y logra que nos pongamos en la piel del cantante desprovisto de su instrumento. Pero, al fin y al cabo, ‘Hasta que me quede sin voz’ se estrena el mismo año en el que Leiva ha publicado su disco ‘Gigante‘ y en el que ha girado por España en conciertos multitudinarios (quizá no tantos como al músico le hubiera gustado, pero suficientes para llegar a su amplio público), así que el final abierto del documental no es tal: Leiva seguirá cantando sobre los escenarios hasta, vaya, quedarse sin voz. Y eso no va a ocurrir mañana mismo.
El interés de ‘Hasta que me quede sin voz’ está en otra parte. El Bruce Springsteen de otra hagiografía accidental reciente, ‘Deliver me from nowhere‘, cuando está garabateando sobre un papel la letra de una canción que acabará en su disco ‘Nebraska‘, cambia el sujeto de la primera frase de «él» a «yo». Es un gesto mínimo pero muy revelador. Hace años que Leiva practica el «yo» en sus textos; de hecho, desde la época de Pereza. Aunque en aquellos tiempos sus «yos» hablaban de hacer tríos con hermanas universitarias y arquetipos roqueros semejantes, así que la vulnerabilidad sin imposturas llegaría ya en su etapa en solitario. ‘Hasta que me quede sin voz’ es la constatación en imágenes de que las canciones de Leiva hablan de una persona real.
«Problemas de verdad no tienes»
Y esa persona, como cualquier ser humano, tiene algunas cuestiones que resolver. Canta Leiva en su single ‘Sashimi’: «Problemas de verdad no tienes», repitiéndolo una y otra vez como un mantra. Lo mismo intenta transmitir en la película, diciéndonos: «La suerte ha venido varias veces a tocarme al telefonillo, así que, si empezasen a venir mal dadas, yo ya estoy OK». Pero, por lo que sea, no acabamos de creerle.
Para empezar, una extraña sensación de soledad emponzoña la película. Leiva aparece rodeado de amigos y familiares en muchas escenas, hay más abrazos que en un episodio de ‘Friends’, pero a menudo parece Leiva querer estar en otra parte. Y cuando efectivamente lo está, cuando cierra la puerta de su casa y se queda a solas, parece querer vivir en otra piel. De acuerdo, en estas líneas solo estamos jugando a especular y quizá, por ello, leyendo de más en las imágenes. Pero sabemos de la ansiedad y la hipocondría del músico, así que no es extraño que eso se traduzca en comportamientos así.
Solo en el centro de su universo
En el coloquio que siguió al pase en el que vi ‘Hasta que me quede sin voz’, una espectadora comentó con perspicacia que había una línea roja invisible en la película, ya que no hay la menor mención a relaciones sentimentales en ella. Leiva se justificó afirmando que otras clases de amor quedan retratadas en la cinta, lo cual es cierto. Pero este vacío narrativo potencia aún más la impresión de que Leiva está algo solo en el centro de su universo, como contemplando desde su mismo ojo el huracán vital que le rodea. Aunque, claro, ¿acaso no lo estamos todos?
Luego está la nostalgia. Paradójico, dado que Leiva nunca ha tenido más éxito del que tiene ahora: este debería ser su momento más dulce. Sin embargo, en el single homónimo que ha grabado para el documental, Leiva comienza diciendo: «Extraño tanto nuestros años salvajes, tumbados en la tempestad, ahora solo vivo envuelto en orgías de selfies«. Ya en el estribillo, se reafirma: «El mundo de hoy no me pertenece». Y esto lo canta un hombre de cuarenta y cinco años.
Alameda de Osuna
En el metraje del film le vemos componiendo una canción (que acabaría en su último disco) titulada ‘Barrio‘, hablando de la Alameda de Osuna y de todas las bandas seminales que brotaron allí en los años noventa. Termina el tema diciendo: «Se me escapan los años, siempre llevo en la cabeza a la gente del barrio», cuando, irónicamente, Leiva sigue pisando las mismas calles, alternando con los mismos amigos, comiendo en la misma casa de sus padres. Pero su mente nunca está en el ahora, sino en el entonces. El pasado siempre es mejor en el recuerdo (un síndrome que entiendo muy bien porque yo también soy un nostálgico incurable, aun sabiendo que coloreo los tiempos pretéritos para mejorarlos en la memoria). La nostalgia crónica suele desembocar en una melancolía igual de persistente.
La única mención a las drogas en ‘Hasta que me quede sin voz’ se refiere a los años locos de juventud, pero en un excelente, acelerado montaje de la fiesta de fin de gira de la Leiband, después de llenar tres WiZinks consecutivos, podemos intuir que el que tuvo, retuvo. Si la ocasión lo merece, las drogas siguen al alcance de la mano. Aunque no parece que estas jueguen ningún papel en la vida cotidiana de Leiva; en cambio, sí lo hace el alcohol.
En otro momento de la película, una doctora interroga a Leiva por cuánto bebe, y este acaba admitiendo que se tumba una botella de vino cada noche para calmar la ansiedad. La doctora asegura entonces que los problemas estomacales de Leiva, que llevan provocándole seis meses consecutivos de diarreas, provienen de ahí. Y deja claro, sin verbalizar la temida palabra, que el final de todo esto es un cáncer de estómago.
Angustia, alcoholismo y cáncer
La carambola perfecta: angustia, alcoholismo y cáncer, tres por el precio de uno. ¿Alcoholismo es una palabra demasiado fuerte? Bueno, aquí vuelvo a citar las palabras textuales de Leiva en el single ‘Hasta que me quede sin voz’: «No he dormido de un tirón desde hace meses. Mi cuestión con el alcohol crece. Será que necesito ayuda: lo he pensado varias veces. Siempre hay una buena excusa y no me convence». La dulce melodía, el fraseo del cantante y la mitología creada alrededor de su personaje suavizan las palabras cuando escuchas la canción, pero puestas así por escrito suenan demoledoras. Un grito de auxilio en toda regla.
‘Hasta que me quede sin voz’ es, por todo ello, un documental más interesante de lo que parece en el momento de concluir su visionado. En el coloquio al que asistí, Leiva agradeció la ayuda en la fase de montaje de su amigo Fernando León de Aranoa, pero hay que decir que este film está por encima de aquel ‘Sintiéndolo mucho‘ con el que el cineasta rindió pleitesía a Sabina. La razón principal es que Leiva, a diferencia de Joaquín, entra en el juego y se quita el «rígido disfraz de conocido cantante». En agradecimiento, no debemos juzgar con mucha dureza nada de lo que veamos, pero sí, tal vez, estar atentos a las cosas que se dicen entre líneas, de forma premeditada o accidental.
‘Hasta que me quede sin voz’, una producción de Movistar+ distribuida por Sideral, se estrena en salas de cine el viernes 17 de octubre.

