Fontaines DC en Madrid

Fontaines DC en Madrid: dublineses en su prime

Crónicas

Es fascinante cuando el debate etéreo de las redes sociales salta al ruedo de lo concreto; esto es: a un concierto. Todos hablan de Fontaines DC, la banda del momento, y quiso la fortuna pop que esta noche le tocara la pedrea a Madrid, urbe loca que palpó la corpulencia de una banda sumamente confiante. Son irlandeses, de Dublín (oh), y lo tienen. Y son algo superior que trasciende: son dublineses en su prime.

El célebre escritor irish James Joyce declaró un siglo atrás: «Siempre escribo sobre Dublín, porque si puedo llegar al corazón de Dublín puedo llegar al corazón de todas las ciudades del mundo. En lo particular está contenido lo universal». Y dejó esto otro escrito en ‘Dublineses‘ allá por 1914: «¡Qué harto, harto, harto estoy de Dublín! Es la ciudad del fracaso, del rencor y de la infelicidad. Deseo ardientemente estar fuera de ella».

Ambas reflexiones son perfectas para hablar, a su vez, de Fontaines DC. Un grupo que empezó escribiendo sobre las calles y gentes de Dublín (‘Boys in a better land) y su relación de amor-odio con Irlanda (‘I love you’, ‘Roman holiday’), para pasar paulatinamente a temas más globales como la desconexión emocional (‘In a modern world’), el aislamiento digital, la salud mental (‘Starburster’) o la necesidad constante de dopamina (‘Marianne’) en este sanatorio de muñecos rotos que es el mundo loco en el que nos ha tocado cohabitar. En lo particular, ya lo decía aquel, está lo universal.

Fontaines DC en Madrid
Paula Martín | Mercury Wheels @ Live Nation España

10.000 asistentes para Fontaines DC en Madrid

El debate etéreo que decíamos al principio se hizo físicamente real en una noche de jueves con ganas en el Palacio de los Deportes de la capital. ¿Mejor los primeros discos, más airados y guitarreros, o even better los más recientes, más expansivos gracias a los sintes? La transformación es considerable, pues en siete años y cinco discos han pasado de ser una banda de post-punk visceral obsesionada con sus raíces a construir un sonido mucho más atmosférico, electrónico y experimental.

División de opiniones a priori con efectos secundarios a posteriori, con la enésima controversia encadenada: ¿estaban los (aprox) 10.000 asistentes amuermados? No realmente, pero, claro, es que las canciones del repertorio son muy diferentes entre sí. La primera, ‘Tongue’, pertenece a su recentísimo último LP, ‘Dopamine charger‘ (2026), y es más bien una puerta para entrar al primer gran pelotazo de la velada: ‘Here’s the thing’. ‘Nabokov’ crea un ambiente denso, purito shoegaze oscuro, noise rock, post punk o llámalo ‘X antes Twitter’. Pero para desfasar no es.

 

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Justamente por eso, el gentío se viene arriba ipso facto con el ‘garageo‘ callejero de ‘Boys in a better land’. Un grupo de amigos se abraza por los hombros en plan melé circular y se gritan a la cara mientras saltan. ¿No es acaso exactamente esto la vida eterna en una canción? Pero como este parece un concierto con doble cartel y dos grupos alternándose sobre el escenario, ‘Marianne’ (que es temón depechero a más no poder) rebaja la pulsión, rebaja el beat y aminora el tempo, que acto seguido sube ligeramente de nuevo con ‘Jackie down the line’, para volver a frenar con ‘You miss me’.

El cable de micro interminable

Es importante, en cualquier caso, como escribió James Joyce (ja), no confundir la velocidad con el tocino. Lo importante será la intensidad, en todo caso, y esa se mantiene linealmente alta. Sobre las tablas hay una banda en evidente crecimiento creativo y de público, que está dando ante nuestros ojos el salto al vacío que es siempre tratar de llenar (sin lograrlo del todo en este caso, pues la cosa tuvo telones en todas las gradas altas) un gran recinto. Desde la orilla del río Liffey para el resto del planeta, con Grian Chatten repartiendo carisma con su recitar al caminar (y arengar brazos en alto) por la pasarela, jugueteando con su cable de micro interminable, como marcan los cánones de la vieja escuela y la más noble estética. Ni el colgante del trébol en el cuello le faltó.

 

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‘Roman holiday’, ‘In the modern world’, ‘Happy for you’, ‘Big shot’, ‘Mimesis’ (de nuevo, tan Depeche Mode que me da un poquito la risa floja para bien), ‘Bug’, ‘Favourite’. Sin grandes alardes escénicos más allá de las consabidas pantallas gigantes a los laterales, el show tiene empaque y va sobrado de canciones, si bien este tramo seguramente se disfrute más en salas que en grandes pabellones, donde hay demasiada gente que pasaba por allí de miranda. No es que se les quede grande el recinto, porque el grupo claramente ya sí se cree que merece estar aquí, pero se aprecia cierta distancia.

La por todos conocida como ‘la de Rosalía‘ (que no, no apareció), esto es, ‘Where is gone?’, es la última antes de unos bises que necesariamente tienen que levantar esto para volver al ritmo cardíaco que merece el concierto, ese que te pone al borde del colapso. Lo consigue un poquito otra de las nuevas, ‘Japan’, bonita composición melódica de épica contenida. ‘I love you‘ es ya un clásico por derecho propio que, ya sí, eleva la energía condensada hasta el techo con su arrebatador crescendo recitado mientras la música estalla alrededor del poeta en guerra consigo mismo por culpa de su propia Irlanda.

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Paula Martín | Mercury Wheels @ Live Nation España
La secta pop

‘Starburster‘, tan hermosamente noventera ella, es de esas canciones que obligan a tomar aliento y que crean no ya afición, sino secta pop. El desenlace al nudo gordiano que es un concierto de Fontaines DC en 2026 lo representa ‘Six shot morning‘, una onda expansiva hecha canción por la que Editors darían por lo menos una pierna y en la que esta velada de jueves confluyen las miles de almas aquí congregadas buscando cada cual lo suyo, que no deja de ser lo de todos. Que qué buscamos, me preguntas. Ah, eso ya no lo sé. Para tratar de averiguarlo vamos a conciertos.

PD: Tiene que haber un bis en esta ocasión, porque no cuadra para nada que una banda con conciencia de clase y con un palmario compromiso social y político, exigiera a los fotógrafos firmar un contrato leonino para quedarse con la autoría de sus fotos. Desde la promotora se trabajó hasta el último minuto para rebajar el expolio y que los periodistas gráficos pudieran hacer su trabajo, como así fue. Se logró y es una gran noticia para el periodismo musical que se nos escurre entre las manos tal y como lo conocemos. Lo de los foteros es el signo de estos tiempos enloquecidos con el control de la propia imagen, pero no es, ni nunca será, el camino.

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