El mito impredecible de Morrissey tiene a bien hacerse carne en Madrid 12 años después en un concierto que va de menos a más y te acaba engatusando para que te la vuelvas a jugar a la próxima.
Sí, este sería un buen resumen, pero vamos a desarrollarlo un poco más. El concierto es el colofón por la noche de todo un día de jiji-jajá porque Morrissey está en la ciudad. ¿Ha cancelado ya? ¿Salgo de casa o no? ¿A cancelado alguna vez con el público ya dentro del recinto? Todas esas preguntas corren por los chats de WhatsApp porque, no en vano, el inglés ha cancelado (hasta hoy) 412 conciertos en 44 años de carrera.
En Madrid, de hecho, Morrissey canceló en junio del año pasado su actuación en Noches del Botánico, con lo cual su largo regreso a la capital terminó posponiéndose hasta esta noche. Pero, ojo, para que no se diga que no vemos el vaso medio lleno, este 2026 ha terminado cumpliendo con 4 de los 5 conciertos previstos (4 de 6 en los últimos 13 meses si extendemos el período hasta la fallida fecha capitalina de 2025), solo protagonizando una de sus legendarias espantadas en Valencia, molesto por el ruido de las Fallas (poesía pura).

Morrissey grita «¡Madrid, Madrid, Madrid, Madrid!»
Como la vida hay que tomársela con humor para no volverse loco, hay quien dice que la experiencia completa con Morrissey debe necesariamente incluir la cancelación de última hora y el consiguiente mosqueo al grito de «¡no vuelvo a caer!» Según esa premisa, no vivimos en Madrid la noche del miércoles 29 de julio de 2026 la experiencia completa, pues Morrissey salió, cantó y la gente disfrutó. Vivimos, entonces, la experiencia «normal» en la que todo sale razonablemente bien. Aunque, eso sí, con alguna carencia.
Con puntualidad británica aparece el cantante sobre el escenario, grita cuatro veces «¡Madrid!», y le recibe la algarabía de un gentío que tenía sus lógicas reservas y ahora ya constata que sí. Que esta noche sí. Suenan ‘Billy Budd’ y ‘I just want to see the boy happy’, un arranque con garra guitarrera, pero el sonido no acompaña. El formato esta noche es el de pista con la grada baja de Goya (el resto, cerrado con telones), y precisamente desde esa zona de asiento lo que se escucha es ciertamente mejorable. Me dicen por pinganillo que delante se oye muy bien, pero en la parte trasera del pabellón se recibe una maraña de ruido en la que, insólitamente, lo que más se escucha es la pandereta de Morrissey.
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«Buenas noches y… bla bla bla», dice (en castellano y literal la cita) el cantante, mientras el recital prosigue con ‘The youngest was the most loved’ y la primera de los Smiths que provoca el primer gran revuelo: ‘Shoplifters of the world unite’. La voz se va imponiendo, como también cierta sensación extraña en un Movistar Arena con la pista a poco más de la mitad de aforo y una grada sentada —unos 6.000 espectadores, calculamos, igual tantos plantones sí que afectan a la relación de confianza con el público— a la que la música no llega con la suficiente fuerza, básicamente porque no hay ningún tipo de repetidor (sí hay cuando es aforo completo en todo el recinto), con lo cual el sonido es el que sale del escenario y se queda algo corto.
Tampoco ayuda que no haya pantallas que agranden a los músicos, pues el montaje solo cuenta con una pantalla en el fondo del escenario donde se proyectan visuales (algunos muy chulos) relacionados con las canciones, pero no imágenes de directo. Se origina así un concierto a dos velocidades o, dicho de otro modo, totalmente diferente según la ubicación (pista o grada), con una propuesta pensada para lugares más recogidos. «No es necesario decir que estamos muy honrados de estar aquí», comenta Morrissey, en uno de sus incesantes parloteos, recibidos con silencio y atención por los parroquianos, que van a vivir un punto de inflexión ya mismo.
Un concierto a dos velocidades
Porque ‘First of the gang’ es un trallazo que se impone a cualquier adversidad, la prueba de vida de que la música siempre encuentra su camino. Momentazo al que sigue ‘A rush and a push and the land is ours’, otra de los Smiths que es recibida con un jolgorio diferencial, lo cual deja a las claras que entre la concurrencia también hay al menos dos velocidades: los fans totalmente acérrimos de las primeras filas que conocen absolutamente todo con pasión, y los que acuden para cantarse unas cuantas de las añejas y, de paso, contarle a quien sea en los baños que ellos vieron a los Smiths en el Paseo de Camoens en mayo del 85.
Esta gira es, recordemos, para presentar el decimocuarto disco de estudio de Morrissey, ‘Make-up is a lie’, lanzado en marzo.
Kerching Kerching’ es la primera que suena de este álbum, presentada por el inglés como una canción que va a sonar en «todas las radios de España 24/7, incluso en las que estén cerradas». Es muy poco probable que eso ocurra -«es una broma», aclara»-, pero la que viene a continuación, ‘How soon is now?’, si sonó bastante en su momento, pues es una de las cimas de los Smiths. Los aullidos, ahora sí, del respetable, suben otro puntito el nivel de energía y de sonido. Vamos bien.
Morrissey cantando a las mil maravillas
‘Now my heart is full’, la muy reciente ‘Zoom Zoom the little boy’ y la intensidad instrumental muy conseguida por la banda de la muy bowienista ‘Life is a pigsty’ escalan otro peldaño. Vamos realmente bien y el público del fondo deja de estar expectante para dejarse llevar. Morrissey, por cierto, muy bien de voz, cantando a las mil maravillas, con esa pomposidad escénica suya, hablador a ratos, claramente de buen humor y siempre es un deleite verle. A ‘Make-up is a lie’ le sigue la todavía inédita (y por ello conocida solo por los hardcore fans) ‘Sure enough, the telephone rings’, que da paso a ‘The bullfighter dies’, que «representará a España en Eurovisión el año que viene», por supuesto con sangrientas imágenes taurinas en la pantalla del escenario. ¡Olé!
Por aquello de que disfrutas más de los logros cuanto más te ha costado conseguirlos, ‘I know it’s over’, de los Smiths, es gloria bendita y constata que ya estamos donde queríamos desde el principio. Desde aquí todo se ve diferente. Ya no hay dudas, solo certezas. Qué bien entra el karaoke comunal de ‘Everyday is like sunday’. Desde atrás se ve cómo Morrissey dialoga con las primeras filas, se nota que conoce a muchos, que son siempre los mismos (la fidelidad de los muy suyos está fuera de toda duda, y mira que los ha puesto a prueba).
Incontestable e irreprochable
El tramo final es incontestable e irreprochable: ‘The monsters of Pig Alley’, la generacional y coreadísima ‘Suedehead’, esa catedral que es ‘Irish blood, english heart’ y el final grandilocuente de puro nervio con ‘Jack The Ripper’. La segunda parte del concierto ha mejorado muchísimo respecto a la primera en todos los aspectos, de manera que el interludio del bis tiene la mezcla exacta y necesaria: la impaciencia por lo que está por casi venir y los infructuosos intentos de detener el tiempo y atrapar el momento. Los asistentes aplauden, saben lo que va a ocurrir y lo quieren ya, no sea que justo ahora vaya a pegar la espantada.
No ocurre eso porque Morrissey será lo que sea, pero concede el final que debe. Como el emperador magnánimo del escenario que es, no le escatima a la gente el adiós que quiere. En un ambiente de celebración generalizada, ‘There is a light that never goes out’, clásico entre los clásicos de The Smiths, es el infalible punto y final de un concierto cuanto menos notable de algo más de hora y media que dejó un buen sabor de boca.
Porque, como decíamos al principio y para despedirnos repetimos: El mito impredecible de Morrissey tiene a bien hacerse carne en Madrid 12 años después en un concierto que va de menos a más y te acaba engatusando para que te la vuelvas a jugar a la próxima.

