Acudí al concierto de Big Thief en Noches del Botánico sin ninguna expectativa sobre la clase de público que me iba a encontrar; pero, al ser una banda con una década de trayectoria discográfica, con un pie en el folk, otro en el rock y, como si estuvieran jugando al Twister, una mano en el country (todo con la pátina de respetabilidad que siempre da a estos géneros populares el prefijo alt-), asumí que el público tendería a ser talludito y masculino.
Y sí, ese perfil de espectador llegó, después de apurar al máximo las comodidades y las posibilidades hosteleras del anillo del Jardín Botánico. Pero las que esperaban sentadas al pie del escenario, antes incluso de que se dejara ver el telonero Ata Kak, eran un buen puñado de mujeres jóvenes que deseaban estar tan cerca como fuera posible de la primera fila en un concierto de Big Thief.
O más bien, de su cantante Adrianne Lenker, discreto icono queer a la que varias espectadoras miraban embelesadas durante los primeros minutos de su concierto. Cada frase que la tímida Adrianne musitaba frente al micro entre canción y canción era recibida por un aullido de timbre inconfundiblemente femenino. Cito las palabras textuales de una chica a mi lado que, al término de la primera balada de la noche, le susurró a su novia: «Qué guapa es. Qué todo es». Bien, ya se sabe, para gustos, los colores.
Ata Kak
Pero no nos adelantemos, porque Ata Kak merece sus propias líneas. Los tres miembros oficiales de Big Thief salieron a presentar a su telonero, una gentileza que quizá escondía el temor de que el sonido ska y de hip-hop noventero del ghanés no fuera del agrado del público de la banda de Brooklyn.

No hacía falta. El animoso sesentón que baila sacando los codos como un jubilado en Benidorm se ganó al medio millar de presentes a base de híper-acelerados temas con letras que son un puro trabalenguas. Aunque el idioma oficial de Ghana sea el inglés, en el país africano se hablan docenas de dialectos. A juzgar por cómo se trastabillaba Ata Kak con el inglés en sus presentaciones, certifico que sus textos no han sido escritos en la lengua de Shakespeare. Pero hasta ahí puedo decir.
Sonrisa de oreja a oreja
Sonreía Ata Kak de oreja a oreja todo el tiempo, y no le faltan razones porque su historia es como una versión low-cost de la de Sixto Rodríguez. En los 90 grabó un disco casero que solo se publicó en casete: se editaron cincuenta ejemplares y se vendieron tres (quizá se esté jugando a imprimir la leyenda a la manera de El hombre que mató a Liberty Valance, pero vaya, que el trabajo no lo petó). Décadas después, alguien rescató uno de esos casetes de un mercadillo y decidió reeditarlo en vinilo, dándole un nuevo impulso a la obra y a la carrera musical de Ata Kak, que en realidad era inexistente.
Ese elepé noventero, con su sonido low-fi algo duro de escuchar, tuvo un hermano pequeño el año pasado en forma de epé, este ya con una producción de nuestro siglo. Y así tenemos a Ata Kak girando por Europa y, a veces, formando improbable combo con Big Thief. Pero el bienhumorado público joven de anoche en el Botánico traía la actitud adecuada para disfrutar de los cuarenta y cinco minutos de actuación del africano.
Big Thief en el Botánico
Ata Kak devolvió el favor y presentó a Big Thief cuando estos salieron a actuar a las diez menos cuarto. Oficialmente, la banda la forman el guitarrista Buck Meek, el baterista James Krivchenia y la ya citada cantante y guitarrista, además de compositora de la mayoría de los temas, Adrianne Lenker. Para esta gira se les une el bajista Joshua Crumbly. Los cuatro tocan a corta distancia unos de otros y apenas se mueven de su lugar asignado durante la hora y cuarenta minutos de show.

La parroquia madrileña (nunca mejor dicho dada la devoción que despiertan en algunos y la revelación que causan en otros) de Big Thief crece paulatinamente en cada visita a nuestro país, multiplicando asistentes con cada nuevo concierto. Más de tres mil personas pagaron entre cuarenta y cincuenta euros por verlos en Noches del Botánico, un logro que no empaña el que la grada alta no terminara de agotarse.
Big Thief presentaban su sexto álbum, aunque en realidad solo tocaron un tema —de oportuno título: «Incomprehensible»— de dicho elepé. El repertorio de la banda es elástico y se transforma cada noche, no solo con respecto a conciertos anteriores, sino incluso con el setlist ya redactado. Cuatro de los temas previstos fueron reemplazados por otros para terminar de completar un listado que muy poco tenía que ver con el interpretado la noche previa en Sevilla.
Noventeros y campestres
Suenan a banda Big Thief, lo cual está bien, pero todos parecen tener claro que es la versátil garganta de Lenker, y su guitarra en segunda instancia, el motor de su autobús. Hay momentos en los que la cantante recuerda a Aimee Mann en su timbre de voz, dependiendo del género y los arreglos de la canción que estén tocando. En cualquier caso, a veces suenan tan noventeros que podrían haber entrado en la banda sonora de Jóvenes y brujas. En el Botánico ya olía a verano, pero la agradable brisa aún traía restos de polen que provocaron picor en unas cuantas gargantas; entre ellas, la de Lenker, que bebió agua repetidas veces para aliviarlo.

Se pusieron campestres en «Certainty», y las armonías vocales de Buck Meek y Adrianne Lenker, antigua pareja en los albores de la banda (los Amaral de Brooklyn, para entendernos), me hicieron pensar en una película que tuve la mala idea de ver el pasado domingo: Rhinestone. En ese bodrio de 1984, Dolly Parton y Sylvester Stallone forman dúo musical para despedazar juntos (mayormente él) unos cuantos temas country. Lo tenéis en Filmin, si os apetece flagelaros. Este inciso no venía a cuento porque en realidad Meek y Lenker lo bordaron cada vez que armonizaron voces, pero es que hace días que no me quito de la cabeza la imagen de Sly ladrando frente al micrófono y quería compartir ese dolor.
Los dos guitarristas, sobre todo ella, se exceden a veces explorando con sus guitarras, y brindan algún interludio ruidista innecesario o alguna intro desacertada, como la que Lenker ejecutó antes de «Shark Smile». Por suerte, son apuntes breves que nunca frenan el concierto.
Carreteras sonoras
«Simulation Swarm», de nuevo transitando carreteras sonoras del siglo pasado con algo que bien podría ser una reformulación del «Tom’s Diner» de Suzanne Vega, fue la más grabada y coreada. Los espectadores más jóvenes ya estaban todos cautivos para cuando llegó el bis con «Change» y «Masterpiece». De los otros, un puñado de pollaviejas junto a las barras laterales de la pista, haciéndose mansplaining a gritos los unos a los otros o a sus sufridas acompañantes, me llevaron a pensar que hay gente que no sabe cuándo debe dejar de ir a conciertos y conservar su dignidad. Un buen momento sería cuando la música deja de importarte una mierda.

La gente salió contenta del Jardín Botánico, pero su noche empeoró cuando se percataron de que el metro de Ciudad Universitaria estaba cerrado por esas obras infinitas de la línea 6; y de que todos los taxistas y conductores de VTC de la ciudad rondaban por el Metropolitano, tras el enésimo show de Bad Bunny. Así que no quedó otra que arrastrar los pies en manada hacia la civilización. Al llegar a casa, bebí un buen trago de este agua cloaquera que tenemos ahora en la capital y pensé: «Madrid, qué hermosa eres». A los asistentes a recitales de Noches del Botánico programados de domingo a jueves (los días que la línea 6 cierra a las once de la noche), les recomiendo planear su vuelta a casa con antelación.

