Son las 20:45 del sábado 23 de mayo de 2026 y estoy viendo a El Último de la Fila en el estadio Metropolitano de Madrid, en pie en la grada de prensa, cerveza carísima en mano. Al mismo tiempo son las 20:45 del viernes 23 de mayo de 1986. En mi presente estoy viendo a Manolo y a Quimi y soy un adulto de 47 palos. En este rebobinar tengo 7 y estoy cogiendo sin permiso un vinilo aprovechando que mi hermano mayor sale a delinquir por ahí por las calles de Carabanchel. Era cerrar la puerta y salir yo corriendo a pillar el disco de turno: ¿Quién es el soldado Adrián? ¿Y El loco de la calle? En una edad en la que la fila del cole te obsesiona, que alguien dijera ‘yo soy el último’ me parecía acojonante. Eso no lo quiere nadie.
La cosa es que todavía era de día cuando ayer llamé a Juan Gallar para ponerle ‘Querida Milagros’. Y esta mañana hemos estado paseando con la Trini, nuestra mamá, que tiene 89 años, comentando que, eso, los días se van. Hacemos el mismo camino agradable que hacíamos con el Juan mayor, que falleció hace año y medio con 93. Y comentamos que, eso, (insisto) los días se van. Y nuestra madre decía «¿a esos les conozco yo?» Y, joder, ya ves si los conoces, amiga, pero si le movía los vinilos a este y luego me regañaba al volver, cosa que yo no entendía, porque había sido milimétrico (él más). Habla mi hermano: «Yo a El Último les vi en el viejo pabellón del Real Madrid, donde las torres, y luego en Leganés, pero al lado de La Cubierta, fuera».

Una España unida
Es altamente probable que El Último de la Fila sea la última oportunidad para una España unida. Pero de verdad, esto es, unida por la cultura, no por gilipolleces. Fue muy guay ver ayer a heavies, pijas, fachas, rojos, chavales, ancianos. Es que eso no lo consigue nadie (ni Estopa). Pensaba hacer un chiste en el titular sobre la vuelta de Oasis, pero no venía al caso, así que lo dejé. Pero ya quisieran los Gallagher.
Lo que sí viene es decir que para nosotros, para los que estamos al sur de los Pirineos, esta reunión de Manolo y Quimi es necesariamente más importante que la de Liam y Noel. Pero porque nos apela de una forma mucho más directa, en nuestro idioma, y abarca más tiempo. El Último de la Fila es la segunda Transición democrática. Así lo veo y, como ese ambiente se pega, estás contento, más dicharachero, más amable. Eres más persona en un concierto de El Último de la Fila de lo que nunca serás en la M-30, incluso aunque les estés escuchando. Y eso, ay, querida, eso es.

60.000 pipol
Llego al Metropolitano y, como estoy citado a las 19:45 en la puerta de prensa, me pillo una yonkylata. Me encuentro con Ricardo Rubio, que es el autor de las fotos que aquí veis. Comentamos la jugada. Nos rodea el júbilo. Es, lo que dirían los mexicanos, un sábado gigante. Le digo: «Mira. La verdad es que nos juntamos el sábado para olvidar el domingo. Que ya venimos renqueando el viernes. Que los días se van«. Nos reímos con la ocurrencia que sale del tirón y que por eso mismo es perfecta. 60.000 pipol a muerte un saturday night de primavera, ojo cuidao, a ver qué hacemos. Con ese cielo azul perfecto que no es otra cosa que una pantalla infinita de cine donde cada cual proyecta su propia película, pero todos a la vez con la misma banda sonora. Ese tipo de confluencia que ya quisiera la izquierda.
No hemos dicho nada del concierto en sí pero, a veces pienso, ¿acaso hace falta? ¿No hemos dicho ya todo en realidad? Las emociones que fluyen mientras suenan las canciones no requieren de títulos, yo creo que ya nos estamos entendiendo perfectamente. Pero como la crítica musical es un rollo canónico, habrá que decir que empezaron con la intro de ‘Mar antiguo’, y luego dos de Los Burros, el grupo de Manolo y Quimi previo a El último de la fila: ‘Huesos’ y ‘Conflicto armado’. Para cuando entramos en el negocio con ‘Querida Milagros’ ya es fácil imaginarse el resto. Contarlo es casi de mal gusto, más que nada porque por muy ordenados que estén los adjetivos no se puede transmitir a través de esta pantalla.
Los conciertos que empiezan de día son honestos
Me gustan muchísimo los conciertos que empiezan de día porque son honestos. Manolo es eterno. Quimi está hasta contento (creced y multiplicaos, ya sabéis, pero con moderación, flipaos). En este regreso al futuro constante se siente uno tan niño, tan vulnerable, tan infantil. Es como cuando de repente ves la Sagrada Familia y te dices «pero qué demonios hago yo aquí, tan insignificante«. Pues eso. Tal catedral. Imagina tener que explicarle a alguien por qué la hondura de El Último de la Fila: «Mi patria en mis zapatos, mis manos son mi ejército. Mírame, soy provisional, tú también y nadie te comprenderá».
‘Sin llaves’. Y, jo, ‘Aviones plateados’, con Manolo paseando ante las primeras filas y esa letra tan alucinante que tiene («credenciales de posesión, qué tontería»). Me volvía loco la portada de ‘Nuevas mezclas‘ con ocho años: ¿Quién es esa pava en la bañera abrazada a ese otro tronco con esos pelos? No podía parar de mirarla. Realmente creo que las canciones ya no calan como antes porque no tienen una imagen potente como puerta (justo eso digo) de entrada. Es tan importante el imaginario. La incitación a imaginar para rellenar los espacios de lo que puede ser o no. Yo creo, fíjate, que esos dos son hoy abuelos felices que disfrutan de su anonimato pero, al mismo tiempo, se parten el culo porque saben que fueron portada de un disco de la hostia. Yo elijo pensar eso. Y que siguen follando a saco, porque eso me parecía entonces y esa es la movida que sin duda tenemos todos dentro. La imaginación, de nuevo, amigo, como forma de colonizar la memoria colectiva.
Menudo repertorio
‘No me acostumbro’. ‘Días de lluvia’. ‘Soy un accidente’. ‘La piedra redonda’. Qué bonita es ‘Mar antiguo’, ya sí tocada entera. De nuevo Los Burros con ‘Disneylandia’. Volvamos al rollo canónico: el sonido. Bueno, pues una cosa os diré, esto va por barrios, como todo en la vida, pero yo ya acumulo unos cuantos conciertos desde la grada de prensa y os digo que hay cosas internacionales absolutamente esperpénticas (se me ocurre Ed Sheeran, y eso que iba solo, ¿cómo puede sonar mal un tipo tocando sin nadie más?). Ayer, que es hoy y, por tanto, siempre, sonó bien. Mi teléfono está lejos de ser caro, es el más barato que me dada mi compañía con los puntos que tenía (esa movida existe todavía, yo flipaba) y creo que lo grabado no engaña. Por aquí está todo diseminado a gusto del lector.
Con Manuel ya ves
Entramos en, fijo, mi tramo favorito. ‘Cuando el mar te tenga’, ‘El que canta su mal espanta’, ‘Canta por mí’ (fabulosa). Y qué hacemos con ‘Llanto de pasión’: «Qué tal y con Manuel ya ves«. Es El Último de la Fila un grupo ya de por sí nostálgico en su presente de entonces, que dice «lo que pasó ya no existe, pues bien». Ocurre, según yo veo, que cantan a todas las vidas que pudieron ser y no, o que igual sí pero son pero distintas. Donde solíamos hablar, donde escuchábamos nuestra canción, pero ya no hay palomas ni gatos cazadores. Es como pasear por el barrio pensando en una ex y como tu cabeza está a punto de estallar cantas na na na nanana para sobrevivir (y aquí hay 60.000 personas sobreviviendo, cada cual lo sabe, pero así es, porque todos sobrevivimos). Pero si ni le gustaba Manuel, joder. Pues ya ves.
‘Lápiz y tinta’ es formidable porque es el Manolo (no confundir con Manuel, o sí) pintor. Le he entrevistado varias veces, pero tengo que decir que la última, por su exposición de pintura en El Retiro fue súper guay. Primero, porque se le había olvidado el telefonazo (vaya, jaja). Segundo, porque rápidamente dijo «pero claro que vale, venga«. Ese es Manolo. Y fue lo segundo más leído de infoLibre (donde yo me gano la vida realmente, con infinita honestidad) ese año junto a otra charla con Fermin Muguruza. Pero que Manolo decidió regalarme este titular: «Aquí no hay libertad ni hostias, este es un mundo de esclavos, todos esclavizándonos a todos«. Y yo dije, bendita espera, tío.
Que los días se van
Y que los días se van, porque ese es, precisamente, el canto de guerra de ‘Lápiz y tinta’. He paseado demasiadas veces por el mismo camino con mi padre y mi madre y ya solo queda ella y no sé por cuanto. Hay que hacer más sábados gigantes con urgencia. Así que llamamos a ‘Sara‘, que tú me dirás, vaya temón. «Y tú siempre has estado a mi lado, a miles de kilómetros entre mis brazos», cantamos, ‘Lejos de las leyes de los hombres’. Hay algo genuinamente tribal y anarquista (¿no os parece que a la gente más de derechas hay que explicarles, literalmente, todo?) en cantar esto a voz en grito. Se le ve a Quimi tocón, eh, da gusto. Y qué detalle más perfecto es recuperar a músicos que ya tocaron en los noventa en El Último de la Fila, como Antonio Fidel al bajo, Ángel Celada a la batería o Pedro Javier González a la guitarra española.

Montaje noventero
El montaje escénico, vale, otra cosa canónica. Pues noventero. Y no hace falta más. Un poco al rollo Bruce, dos pantallas a los lados y palante. Pero palante porque hay sonidazo y una decena de músicos tocando himnos. A saber: ‘Dulces sueños’, (un bis aquí), ‘Ya no danzo el son de los tambores’, ‘Los ángeles no tienen hélices’, ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’, ‘Insurrección‘. Con la experiencia que da la reiteración del dolor de escapar de la ratonera, aquí me piré por patas y esto me da pie para comentar algo: 13 pavos el mini de cerveza. Pero, ojo, 2,5 el vaso. Si quieres recuperar la fianza tienes que guardar una ficha y luego canjearla fuera del estadio, donde la bandera gigante. Me gustaban más los atracadores de antes, al menos se cubrían la cara.
Los recuperé pero porque, como decía, me escapé antes que vosotros. Tuve que ir debajo de la bandera esa gigante del Atleti y los chicos flipaban con que hubiera ido: por lo visto, no va nadie. Estamos regalando nuestra pasta, con lo que cuesta ganarla, recordadlo. Sonaba ‘El Rey’ en la explanada gigante del Metropolitano mientras el Metro me engullía y yo iba pensando en cualquier putísima cosa, pero, principalmente, en cómo contar todo lo que he contado y que, ojalá, mis tres Clara, Nico y Bruno Gallar tengan algún interés en todo lo que les cuento. Porque la memoria va de eso. Y El Último de la Fila son memoria de un país que puede que ya no sea, pero sigue vivo y con ganas de fiesta, que es la única manera que ha inventado el ser humano de amarrar un poquito el calendario. Eso y las canciones que rebobinan el tiempo.

