Red Hot Chili Peppers estrenan documental en Netflix

Red Hot Chili Peppers en Netflix: hay una banda que ha sacado el cadáver de su maletero

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Lo que me queda claro después de ver el documental guapísimo de Red Hot Chili Peppers en Netflix es que es una putada hacerse mayor, ganar dinero, tener éxito. Y no por ese orden y no exactamente así. Pero es que esta es la historia de una banda de jóvenes chalados que, sin tener ni puta idea de cómo, realmente consiguieron que no volviera a crecer la hierba a su paso. Y no era una cuestión de ímpetu, no, no eso: es purita insolencia.

También te digo: que esta peña demente haya acabado tan domada y adocenada, haciendo conciertos en piloto automático, discos aburridos, es incomprensible. Una cosa es que pase el tiempo, pero otra es que se te olvide aquello que tenías dentro y te hizo conquistar el mundo. Ah, las drogas, las chicas, la fama. Todo eso. Pero qué tiene que ver eso. Supongo que llegado a cierto punto uno solo se aburre de sí mismo en el camino del orden.

Tráiler del documental de Red Hot Chili Peppers en Netflix

La peli en cuestión acaba cuando llegan John Frusciante y Chad Smisth y entramos en los noventa. Buah. Los putísimos años locos del rock alternativo. Pero justo por eso mola, porque se centra en los años formativos, que son los que no tienen ningún sentido, ni plan B, pues solo hay, si acaso, intuición. Es todo ese tiempo que pasa desde que tu mamá y tu papá te regalan un instrumento hasta que te ves tocando ‘Under the bridge’. Hasta que te entrega un premio BB King. Ese tipo de locuras que solo les pasan a otros. A partir de ese punto y seguido se detiene el relato porque ya todos lo sabemos.

Pero es justo la visita de Anthoni Kiedis a la mamá de Hillel Slovak en su lecho de muerte la que remata, de hecho, la trama. El primer guitarrista de Red Hot Chili Peppers, el que se inventó a Red Hot Chili Peppers antes de que existieran Red Hot Chili Peppers, y murió por sobredosis (ergo, el cadáver). Puede que sin la suficiente atención de sus amigos, algo que tampoco ha evitado nunca el resto, pero parece que al contarlo ante una cámara la cosa adquiere su verdadera entidad letal.

No es un detalle menor que Kiedis, enganchado hasta las trancas, animara a Hillel a probar la heroína por vez primera. Ese es el trágico papel del gran olvidado (nuclear en esta historia), aunque él era el vehículo que dibuja cómo era intentar formar una banda en Los Ángeles en los años ochenta, con grupos de instituto tocando en institutos públicos. De cuando las escuelas eran espacios abiertos para los alumnos y no lugares donde depositar a menores para padres jugando a ser adolescentes. Os tenéis que centrar, todos.

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«Empezamos a tocar y todo brotó sin esfuerzo, salió sin más», dice Flea en el documental, para acto seguido darse cuenta de que no salió sin más, ni sin esfuerzo, sino como resultado de unas relaciones personales sólidas: «Aquello era fruto de nuestra amistad. De la historia que compartíamos, de todos los momentos en los que habíamos hecho el ganso, de nuestras correrías. De salir a al calle buscando algo que hacer». Y todavía remata Kiedis: «Hacer comedia juntos, conducir bajo la lluvia juntos y escuchar música juntos brotó en ese momento». «Aquello éramos nosotros», concluye Flea (un ser, él sí, genuinamente libre).

Montar una banda por los motivos correctos, en definitiva. No por los likes, no por los seguidores en las redes sociales ni por los oyentes en las plataformas. Todo eso son parámetros de mierda que no significan absolutamente nada. Son, de hecho, la nada. Uno montaba una banda porque necesitaba expresarse, compartir algo con el mundo exterior. Y se empieza con la naturalidad de dos amigos, Anthony y el que luego sería conocido como Flea, que encontraron en Hillel a la persona perfecta para convertirse, como ellos mismos dicen, en ‘los tres chiflados’. El plan es que no había plan y por eso perdura: porque es veraz.

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Las peleas, los malentendidos, el amor desinteresado compartido, los años definitivamente locos que nadie sabía cuando se acabarían, que parecían infinitos. No había canciones, pero sí una conjura contra el mundo. Ese nosotros con ellos de donde siempre nacen todas las putísimas buenas ideas que tanto nos gustan. Todo surge de esa confrontación, sin excepción. Las bandas de rock nacían contra algo y por eso nos han dado durante tantos años tanta calma en un mundo en guerra perpetua: porque alguien dio ese paso antes. Bien pagado lo tienen. Por eso son casa.

La cosa es que hace mucho tiempo que a todos los Red Hot Chile Peppers nos parecen un coñazo. Y esa es la parte que me jode. Porque debe ser que rondando los sesenta ya no tienes salvación, por muy punkarra que fueras con veinte. ¿De verdad es así? Leí una vez a Bono, hace trillones de años, decir que el de mayor solo quería ser un viejo de puta madre. No sé si él estará conforme con el viejo que ahora con 65 ya casi es, yo a mis 47 tengo fundadas dudas y eso me perturba. Yo también quiero ser un viejo de puta madre y, a lo mejor, volver al comienzo de las historias que me han definido es una manera de reencontrarme conmigo mismo hoy en aquel de entonces. Ojalá.

El cadáver en el maletero a lo Tarantino

Eso es lo que hacen Red Hot Chili Peppers en este documental de Netflix. Verbalizar tanto el comienzo de algo sin duda te ayuda a retomar el camino de vuelta a casa. Flea reconoce que fue Hillel Slovak quien le propuso ser bajista: «Me regaló esta vida». No faltan las drogas, las correrías delirantes, las risas y la introspección. Todo un poco romantizado, pero tan real que parece un recuerdo inventado, de esos que contienen más verdad que la mentira misma.

Bueno, que no me enrollo más. Solo que nos volvemos locos con Frusciante y todo eso, pero antes hubo otro sin el que nada de lo siguiente hubiera ocurrido. Y es de ley, y es bonito, rebobinar con el boli BIC hasta tan atrás que ya no sabe uno cómo fue. Menos mal que quedaron registradas unas canciones que, aunque la propia banda no las toqué apenas jamás, son la base de lo que a todos nos gusta de Red Hot Chili Peppers. Es justo que Anthony y Flea abran el maletero a lo peli de Tarantino y nos hagan imaginar cómo les ve desde dentro Slovak. Porque todos llevamos el maletero repleto de cadáveres, solo que en la ITV se hacen los locos para que sigamos circulando y el mundo girando. ¡Circule, circule, aquí no ha pasado nada!

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