Carlos Ares en La Riviera

Carlos Ares en La Riviera: El hombre y la Tierra

Crónicas

Tierno en el trato, un salvaje en el escenario de La Riviera (y, obvio, cualquiera), sugiere Carlos Ares cierto tipo de vida prohibida, urbana pero de las cavernas. Algo de toda esa ruralidad que ansiamos desde las grandes ciudades donde estamos atrapados porque ya no cabe más asfalto. Ese tipo de libertad que parece que no existe, pero habita en sus canciones, tan reales. Vivir en pelotas en el monte alimentándote de la naturaleza, por qué no.

Todo ese imaginario, que tiene de mentira lo mismo que de verdad, y que se hace carne una noche de sábado como las de antes, como las de siempre, cuando nada está prohibido en La Riviera madrileña. El segundo de los tres conciertos que el coruñés (esto también influye en su parte de meiga porque, aunque es probable que solo sea cosa mía, haberlas haylas) tiene a la orilla del río en la ciudad dentro del ciclo Inverfest.

Las fotos son del súper Alfredo Rodríguez.

Me da por pensar que ha venido nadando desde el Miño, encadenando afluentes y arcenes antes de desembocar en el Manzanares. Con la guitarra en la espalda, por supuesto. Y en pelotas, insisto, por supuesto, escalando desde los bajos del puente de Segovia para llegar trotando a la puerta trasera de La Riviera y ponerse directo a cantar ‘Días de perros’. Algo así, otra vez, por qué no. Yo crecí con el programa aquel de Félix Rodríguez de la Fuente: El hombre y la Tierra. Aquí me planto.

Hay algo de unicornio en Carlos Ares, de gamusino quizás, ese tipo de fábula. Eso es lo que tiene a la gente loca. Eso y las canciones, claro, qué gilipollez no ir al grano. ‘Aquí todavía’ es la segunda de la velada y es un subidón. Llevamos dos, pero un millón de lololós, tal es la entrega. Es una noche de sábado de las que han construido el imaginario popular que hacen de las noches de los sábados la puerta entreabierta a la inmortalidad. Que el tedio de la rutina no os joda un sábado noche.

La vida eterna que te da haber estado dentro y escapado de ‘La boca del lobo’, que ya es un despiporre, extendido con el groove funk folk de ‘Lenguas calvas’. Muchísima madera en este concierto que tiene un poco de romería como quien baja de la atalaya con la verdad prometida bajo el brazo invocando a los impíos. Brota la sangre celta en ‘Autóctono’ y pienso en que Arcade Fire tuvieron su momento pero ahora les hacemos casos innecesariamente teniendo esta banda de nueve miembros tocones. Lo que tocan. Lo tocan todo, santodios, con el debido consentimiento.

Andaba yo atorado con ‘Un beso del sol’, que canta estupendamente Begut, siempre con su violín, tan de blanco. Andaba yo atorado porque sabía que esa segunda mitad ya la había escuchado antes, así que he tenido que preguntar al oráculo mayor Juan Gallardo para dar con lo que estaba buscando. Porque toda la parte final es ‘Have a cigar’ de Pink Floyd.

Andaba yo cerca, escuchando el disco ‘Wish you were here’, pero no daba, no daba. Qué gran referencia: el 2:30 de Carlos Ares es el 2:05 de Pink Floyd exactamente, el mismo. Ahí le dimos. Acto seguido, ‘Con un solo dedo’ me parece absolutamente Jethro Tull fuera de control con su matraca. Taca taca taca. Qué fuerza y qué bien toca esta gente, algo superior sin duda en estos tiempos que vivimos (en general y en el mal llamado indie de guitarras del diablo en particular). ¡Saben tocar que te cagas!

‘Cigarra’ en acústico con Begut y Marcos Cao (sí, ‘el de La Sonrisa de Julia’, ya, menudo escudero). Como el público de los conciertos, ahora que vamos a tantos, es por término medio medio gilipollas, tengo que aguantar en mi oreja a un pavo que grita «pensaba que esta la habían cantado ya» y luego se descojona. ¿Y estos a qué contenedor van? ¿O van directamente al punto limpio? Es una constante y es una pena, pero hay que decirlo más porque ya basta.

Los dicharacheros del pop las pasan putas para callarse en ‘Terrícola’, pero es de ley decir que se callan. Les cuesta una putísima cosa loca que no alcanzo a comprender, hay que mirarles mal, pero se callan. Cojones, que está Carlos Ares cantándote solito en mitad del escenario con la guitarra, caramba. Cuando se dan cuenta, parecen comprender, aunque sea por vergüenza. Esto no es, obvio, culpa de Carlos, pero hay que atajarlo de frente, como al fascismo. No pasaréis por mí.

Esa bohemia prometida que decimos la apuntala también Carlos Ares cantando ‘Pájaros de barro’ de Manolo García, otro gran bohemio, que resulta ser en esencia ‘Materia prestada’. «Otra noche que no duermo dedicado a buscar una respuesta en el techo, déjame atravesar el abismo de tu pecho y de un manojo de ansiedad, que con mis dedos agarro mirando al mar hecho a volar pájaros de barro», nos canta el gallego. Porque todo está siempre conectado y eso es lo que nos mantiene cuerdos.

Las fotos son del gran Alfredo Rodríguez.

Pero no nos pongamos tan solemnes, que estamos de celebración. ‘Importante’ en plan acústico. Amagan con el ‘Kashmir’ (semejante catedral) de Led Zeppelin en ‘Velocidad’. Sigo pensando en lo que me gusta Manolo García en plan en general. ‘Rocíos’. Y ya, al fin, la canción por la que está aquí todo cristo, ‘Peregrino’, que es ciertamente un hit de pelotas que vuelve a la gente loca. Es el momento comprensible teléfono en alto. Terrible fiestón.

La vida salvaje y naturista, decíamos. Es un ‘Páramo’, en verdad. Y con esa terminamos, de hecho. Con ese ritmo de a-ha, palante-patrás, derecha-izquierda, que se te lleve la corriente. Ese mantra que no es otra cosa que el latir. Pum, pum, pum. Te lato, tú me lates, cable del hombre a tierra. Nos ponen un mini de cerveza de más por error de comunicación. ¡Ah! Bueno, ya, la vida. Qué bien que sienta que un día nuevo ha amanecido.

Gracias, Carlos, por esta noche de sábado como las de antes y un concierto de canciones estupendas tocadas de puta madre. Con esta última frase valía para toda la chapa anterior, pero si llegaste hasta aquí, eso que te llevas. Gracias igualmente también a ti. Me apresuro a darte un beso. Ja.

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