A mí lo que me priva es el AOR. Mis primeros recuerdos musicales son de AOR: Whitesnake, Survivor y Van Halen. No tenía más de siete años, pero ya entonces me explicaron que eso que a mí me ponía palote se llamaba adult oriented rock. Con lo cual, obviamente, relacioné tres cosas: la cola dura, ser adulto y rock.
No iba desencaminado en absoluto el AOR de los cojones (nunca mejor dicho). Veo el videoclip de ‘The moment of truth’, la de Karate Kid, epítome de este rollo ochentero nuestro y me pongo a hacer katas en la cocina. Posar a lo Bono de U2, se entiende. Así como molón para ya un tanto trastabillado por la edad.
Mi relación con el AOR es, en verdad, mazo intensa. Estaba de vacaciones en El Espinar con mi abuela Dolores y se me cayó un diente comiendo un bocata de nocilla en un bar viendo el videolip de ‘Carrie’. Era el putísimo 1986 y los Europe lo eran todo.
Sé perfectamente que fue entonces allí porque me perseguirá para siempre la cara del puto Joey Tempest en la televisión del bareto de la plaza del pueblo. Tan guapo y yo desdentado. Pero qué rica la nocilla. Y qué rizos tenían todos y yo pensando: «Ese pelo». El ratoncito Pérez me trajó un casete de los Ñu: «No hay ningún loco, todo es leyenda. Todo lo cuentan en la taberna».
Debía ser yo un adulto realmente orientado al rock porque también me flipaban Whitesnake. No llegaba yo a pillar, eso no, que la muchacha de ‘Still of the night’ era una puta. Eso no. Pero sí pillaba que en ‘Is this love’ había peña echa añicos y acariciaba sábanas blancas. Y lo glorioso es que hay dos:
David Coverdale fue, es y será siempre una debilidad personal. El pelanas del rock absoluto, menudo tío bueno. Aunque, obvio, no tanto como Jon Bon Jovi. Por aquellos lejanos ochenta el que tenía una casete del ‘Sleepery when wet’ o el ‘New Jersey’ era un dios en el cole (era el cole).
Yo ansiaba escuchar eso con detenimiento. Pero Raquel Crecente me dijo que es que su chico, que tenía un año más, pensaba que estaba feo que le pidiera yo, que no tenía ningún interés en ella, que me grabara los discos de Bon Jovi. Es que hay que joderse. Si yo quería enrollarme con Jon y con Jimi Jamison de Survivor.
Teníamos mi hermano Juan y yo unas cintas de VHS que custodía él convenientemente en las que grabábamos videoclips musicales. Así se llamaban. Y salían letras como de ir drogado de colores en la tele. Y yo hacía chiribitas con los ojos y corría a meter la cinta y darle al play.
Así también aparecieron los Poison en mi vida. Una panda de mamarrachas de puta madre, si me preguntas. Pero el disco aquel molaba un huevo, porque todo molaba un huevo en 1986. Hasta mirar la caca del cat. «Mira lo que trajo el gato», se llama su putísimo disco.
Aprendí con el AOR también a leer los créditos de los vinilos. Y así, por tanto, a amar a John Norum, Richie Sambora, John Sykes, C.C. DeVille y, oh yeah, Eddie Van Halen. Una cosa instantánea: «Shot to the heart» y tirarse uno al suelo a darle al play aún a costa de reventarse la cabeza contra el mueble macizo de la Trini.
La Trini desconoce todo esto aunque lo presenció. Tal es su talento para pasar de gilipolleces en general y del AOR en particular. Y yo en plan: «Here I go again on my own». Que es de mis movimientos de caderas favoritos. Porque aunque sea una letra escrita, para mí, tiene movimiento. De follar, digo.
Y luego está Van Halen. Que sin ser tan melódicos ni cardarse (tantísimo) el pelo, son la cumbre del AOR, aunque yo ya les pillé con Sammy Hagar (odiaba, por tanto, a David Lee Roth, como hoy le odio). Pude ver a Van Halen en 1995, en su última y casi inédita visita a España, porque mi hermano me pagó las 3.500 pelas. Los teloneros fueron Pretenders (guau).
No sé. De repente me he puesto esta noche a King Kobra, que son los de la banda sonora de ‘Águilas de acero’. Un blockbuster que me recuerda que yo era el socio 1130 del videoclub Bogart en el Paseo de los Castellanos 49 de Carabanchel. Lo podéis buscar, todo aquí es real.
Y he terminado estas líneas sin recordar que Survivor son los de ‘Eve of the tiger’. La de Rocky, gente (que en esta canta Dave Bickler). Menuda flipada todos los niños y las niñas ahí pegando gritos en el recreo con el boxeo. Buah, eh. Ahora nos meten en la cárcel si nos damos dos puños, y estoy de acuerdo, pero es que Silvester Stallone también movía las caderas para que no le tocaran la carita. Y para follar, digo.

