Lo que acabo de vivir en Madrid ha sido tecnológicamente brillante, asombroso y, a la vez, estresante, desconcertante y, por qué no decirlo, ligeramente espeluznante.
Eso sí, hubo momentazos que me partieron la cabeza.
La cuidadísima y escalofriante proyección —que no holograma— de Gustavo Cerati atacó y engañó a mi cerebro con todo éxito. Lo que han conseguido los técnicos que lo acompañaron durante años en Soda y en su carrera en solitario (Nico Bernaudo, Caito Lorenzo, Adrián Taverna…) es una fucking genialidad.
Eso sí: qué estrés acercarse a este show con mirada de productor técnico. Medio beat fuera de tempo, un bit perdido en la conexión ethernet, una décima de latencia fuera de su sitio… y a tomar por culo todo.
Precisión quirúrgica
Exceso de programación visual y sonora, quizás, que obliga a la precisión quirúrgica del click para Zeta en el bajo y para Charly en su sexy DW. Eché de menos sobre el escenario a algunos de sus músicos históricos —Tweety, Zorrito, Coleman— para que aquello respirara un poco más a banda de directo y un poco menos a misión de la NASA. En Madrid ese cue rodó de rechupete. Alivio.
Para mí, lo desconcertante de ‘Ecos’ no es que se quede algo corto de repertorio —que también— ni que algunas partes se rellenen con videoclips 3D que aparecen por ahí un poco a su suerte. No.
Lo desconcertante es que ¡el más vivo del trío siga siendo el difunto!
Qué momias son Charly y Zeta para comunicarse con el público. Nada personal. Y qué bendita fuerza natural la de Cerati incluso encerrado en esa pantalla ultra led HD. Un experimento tan fascinante y cercano (lleno de trucos al mejor estilo Coperfield) como frío y distante.
¿Estaría de acuerdo ‘Gus’ con todo este tinglado? Salgo del Movistar con una sensación extraña. Muy extraña. Raruna.
Para mí, el show no es un concierto, es la antesala para futuros decesos rockstar. No sé si en un futuro muy cercano la IA, el avatar, el 3D, nos llevará a conciertos de estrellas difuntas, como quien va a ver a cualquier banda actual en gira. ¿Será mejor esta vaina que una banda tributo con imitadores poseídos?
Sigo dándole vueltas medio perplejo. Una experiencia que, sin duda, hay que vivir al menos una vez en la life. Pero que probablemente no repetiría.
Porque, de momento, prefiero quedarme con mi querida colección sodamaniaca y con los recuerdos vivos del trío al completo.
Como aquella última vez que los vi con la marca de Soda, hace ya la friolera de treinta años, bajo la lluvia bogotana en aquel jamming con Santana. ¡Qué buenos ecos esos!

