Se la juegan los promotores programando conciertos en la capital en Semana Santa con cualquier artista que no se llame Rosalía. Los de la gira española de la norteamericana Suzanne Vega lograron una entrada apañada en la sala But de Madrid, pero a base de cerrar la balconada al público para que los claros en pista no fueran demasiado evidentes.
Los que sí asistieron, no obstante, conformaban un público tan admirador de la artista que prácticamente todos hacían cola a la hora de apertura de puertas, las ocho de la tarde. Es digno de señalarse porque espectadores como estos, digamos «con los hijos ya criados», no suelen estar por la labor de hacer más esfuerzos de los imprescindibles.
Otra grata sorpresa de este público fue la atención y el respeto que mostraron hacia los músicos durante todo el recital, pues hubo calor cuando correspondía y respetuoso silencio cuando se necesitaba, algo merecedor de reportarse en estos tiempos. Digamos que nadie había gastado los cuarenta y dos euros de la entrada solo con el propósito de alardear en sus redes sociales de haber estado allí.
Suzanne Vega en formato trío en Madrid
La But es una sala hosca y fea (un sótano laberíntico del que no te gustaría tener que salir corriendo) que, cuando está a su aforo completo, suele resultar incómoda por la dificultad para atisbar el escenario o para desplazarte hasta las barras. No tiene tampoco la mejor acústica de entre las salas capitalinas. Ayer, sin embargo, resultó grata porque, primero, como he dicho, no se habían agotado las entradas, y después, porque el formato trío en el que se interpretaron las dulces canciones de Suzanne Vega hacía que el sonido fuera menos atronador y más agradecido de escuchar.

De hecho, durante la primera media hora de recital solo hubo dos intérpretes sobre el escenario: la propia Suzanne con la guitarra acústica y el —también veterano— irlandés Gerry Leonard con la eléctrica. Los dos iban elegantísimos, cada uno a su manera: mientras ella vestía de rojo y negro más su característica chistera al alcance de la mano cuando la canción lo requería, él combinaba una corbata púrpura mal anudada con un mechón del mismo color en su pelo blanco primorosamente revuelto. Reconforta que se pueda seguir molando así incluso en mitad de la sesentena.
Clásicos y canciones nuevas
Suzanne nos informó de que esta era la última parada de la gira europea, lo que tiene algo de mentirijilla porque a finales de junio estarán de vuelta por el continente: ella es esa clase de artista para la que la carretera es su hábitat natural. Pero a los madrileños les gustó oírlo, sobre todo porque Suzanne se esforzó en dirigirse al público en un pulcro castellano que aseguró estar «estudiando en Duolingo».
En nuestro idioma nos explicó que iban a tocar unos cuantos clásicos antes de atacar canciones nuevas (las del elepé Flying With Angels, el primero con composiciones inéditas en más de una década) para que nadie se pusiera ansioso. Tampoco ha de preocuparse mucho al respecto Suzanne, pues los temas recientes llevan una línea estilística continuista que hace que no desentonen con los más antiguos.

A la media hora de concierto se unió a Vega y a Leonard la violonchelista Stephanie Winters, cuyo instrumento ayudó a colorear los arreglos de las nuevas canciones. Una de ellas fue «Speaker’s Corner», que Suzanne presentó diciendo que, cuando la grabó, temió que ya se hubiera quedado vieja, pues estaba escrita tres años antes y trataba sobre la libertad de expresión en los Estados Unidos. Obviamente, ahora es más relevante que nunca.
Admiración por Leonard Cohen
Dos temas nuevos estaban dedicados al primer amor de juventud de Suzanne Vega. Fueron solo seis semanas de romance, fraguado por su común admiración por Leonard Cohen; aunque la propia Suzanne indicó que algunos amigos le reprochaban «haber convivido con él desde entonces». Las temáticas de amor adolescente no chirrían cantadas por una sexagenaria porque la intérprete conserva ese fraseo juvenil tan característico suyo, y la suficiente voz.
El tema reciente mejor recibido fue «Chambermaid», que es una versión de la historia del «I Want You», de Bob Dylan, desde el punto de vista de la mujer de la limpieza que ordena la habitación de hotel del bardo de Minnesota. Suzanne afirma que el concepto le sobrevino después de soñar que ella era dicha limpiadora, lo que me hizo sonreír porque llevaba un rato pensando en lo mucho que se parece Suzanne Vega a Ramona, la mujer que mantiene los ácaros a raya en casa de este cronista.
En «Chambermaid», Gerry Leonard zigzagueó con su guitarra sobre el riff característico de la canción de Dylan, hasta el punto de que Suzanne Vega admitió que tuvo que pagar por los derechos de esta. Suzanne aprovechó para contarnos la divertida historia de cuando teloneó a Bob en 2012 y se quedó estupefacta al verlo sonreír, cosa que no había presenciado nunca.
‘Luka’
Suzanne afirmó haber escrito «I Never Wear White» para responder a todos los que le preguntan una y otra vez por qué solo viste de negro. Cantó la primera estrofa de «Luka» (y su posterior reprise) en su apañado castellano, para recordarnos quizá que, aunque sea de sus canciones más conocidas, no es de las más frívolas, precisamente. Para la embriagadora «Tom’s Diner» —más que una canción, un estado de ánimo— recuperó la chistera, agarró el micro y caminó hasta el borde del escenario para estar más cerca de sus admiradores, que pese al calibre de himno de la canción escuchaban atentamente en silencio.

En el bis, su sempiterna versión de «Walk On The Wild Side» y su ruidista «Blood Makes Noise» aumentaron la intensidad de la noche, que hasta entonces había navegado a placentera velocidad de crucero. El dulce tema «Galway«, solicitado insistentemente por una pareja en primera fila, finiquitó el recital a la hora y cuarenta y cinco minutos de comenzar.
No parece muy probable que su público español vaya a crecer o decrecer en los años que le queden a la carrera de la norteamericana. Los que asistieron anoche al concierto de Suzanne Vega en la sala But, con toda probabilidad, repetirán la próxima vez que ella pase por Madrid, porque las caras de satisfacción eran evidentes. Tiene Suzanne ese «algo», en su música y en su persona, que inspira esa clase de lealtad.

