Cora Yako en el Teatro Eslava

Cora Yako en el Teatro Eslava: Aquellos maravillosos 90

Crónicas

Estoy viendo a Cora Yako en el Teatro Eslava y pienso en lo anticuada que me parecía aquella serie que me encantaba. ‘Aquellos maravillosos 70‘ se llamaba. Ni si quiera estaba rodada en aquella época, pero la replicaba estupendamente. Y de lo que me doy perfecta cuenta es de que ahora para toda la gente que me rodea aquí, que no había nacido ni en los 70 ni cuando se hizo la serie, los 90 son la misma mierda. La putísima prehistoria.

Pero es Cora Yako un grupo que a cualquiera que exprimiera aquellos 90 de garito en garito y de cama en cama como yo lo hice le dice cosas guapamente guarras al oído. Tienen dentro aquel rock alternativo nirvanero (aunque yo creo estar viendo al joven Evan Dando) que luego mutó en los dosmiles de Weezer, los Strokes y todo aquello que a este público tan joven que todo lo canta con entrega loca le parece el neolítico. Pero aquello ocurrió, yo lo vi, y por eso confluimos esta noche aquí. Y por eso os voy a dar la jodida chapa.

Prehistoria y neolítico con Cora Yako en el Teatro Eslava

Prehistoria y neolítico para hablar no ya de un concierto de rock en 2026, sino para construir memoria de una ciudad que fue. Parece increíble, pero junto al Metro de Eugenia de Montijo, en Carabanchel, desde donde os escribo, había un garitazo que se llamaba Nirvana y tenía colas y colas de adolescentes los viernes y sábados por la tarde. Acababa de morir Kurt, nos pedíamos unos minis, todos con camisas de cuadros, nos empujábamos con la insolencia de la edad y vivíamos un presente ruidosamente grunge. Ese Madrid era exactamente así aquí y en Malasaña, Moncloa, doquiera. La Edad de Piedra del rock, justo después del heavy metal y todo aquello tan de puta madre.

Se me va la pinza a esos lugares que cualquiera diría que no existen, pero yo sé que sí, porque los miro fijamente cada vez que paso y los ladrillos me gimen. Los lugares también se quejan de lo que fuimos porque dejaron de ser con nosotros y todos preferimos ser un bar de rock de puta madre con la gente follando en los baños que una inmobiliaria especulativa de mierda. Con Nirvana percutiendo de fondo mientras quien demonios sea grita fuera, yo qué sé. «¡Que ya vamos, déjanos, vuelve en un rato!» A veces es la mismísima policía, también os digo.

Mil pequeños cortes

Puede parecer raro que no haya dicho nada del concierto en sí hasta ahora, pero en realidad yo es que creo que ya estaría todo dicho. Me aburren las crónicas al uso. Hay tantas, ¿no? Pero estoy dispuesto a ceder un poco y contar que empezaron con ‘Firmar la paz’ y ‘Mil pequeños cortes’. Discutimos desde la mesa de sonido si les gusta más Nirvana o Los Planetas. Hay una estúpida que me culpa de no ver porque mide 1,40 y se me puso delante (sí, he dicho delante) justo antes de empezar: si os digo la verdad, no sé por qué nos enfada que se nos cuelen en el supermercado y no eliminamos a la peña que nos hace lo mismo en los conciertos.

En otro tiempo esta chica no lo contaría, pero he aprendido a respirar dos veces y despacio. Y eso que insiste en molestar porque resulta que le da por charlar y charlar. No es la única ni el único. Yo creo que, en serio, tenéis que centraros, porque es de género tonto todo lo que hacéis, además de molesto: pagar una entrada para pintar la mona. Pero vale, ya está, solo quería decirlo, estamos bien y nos tenemos que entender. Menos mal que el volumen se impone y así te callas, bonita, os calláis, bonitos, porque sois muchos. Pero vamos, que vale, que ‘Espíritu olímpico’ y ‘Beso en un portal’.

La gente lo canta todo

Es realmente apabullante cuánto y cómo canta el gentío. Lo canta todo y lo canta muy alto en una sala que se pasa de aforo y, si no se pasa, no se lo digamos a nadie, porque es por los pelos. De no poder moverse, eh. Constato aquí, apretujado entre la chavalada, que hay grupos que desde el sofá uno cree que van bien y tal, pero ya cuando te hacen levantarte, te das cuenta de que la cosa es mucho más potente. Siempre hay algo underground a punto de sacar las raíces para romper el asfalto y que todos nos despeñemos dentro. Cora Yako es esta noche exactamente eso.

El sonido de las voces no termina de ser todo lo que puede ser, aunque igual eso tiene que ver con el espíritu en esencia noise. Mola mucho el juego de las dos guitarras de Luis de Oleza y Carlos Sennacheribbo, ambos arropados por el resto. ‘Accidentes, meteoritos y osos polares’, ‘Azul oscuro casi negro’ —dos titulazos— y ‘Contando estrellas’ encallan un poco el bolo, como que nos deja a verlas venir, sin estar mal. Pero entre las apreturas, los tercios a 7 pavos y la peña hablando de más, que no son pocas incomodidades, como que pierde uno el hilo.

Estamos vivos

Menos mal que ‘Pesadillas‘ nos recuerda que estamos despiertos. Ahí sí. Una chica levanta el móvil a tres centímetros de mi cara, así que sin espacio puedo ver cómo tiene los pelillos de los brazos erizados mientras graba lo que no puede ver con los ojos. Pero está ahí, lo ve con el teléfono e indudablemente lo siente. Eso sí se respeta. Pasan tantas cosas entre el gentío en un concierto, que es inexplicable que salgamos vivos. Y no ya eso, sino que encima una y otra vez volvamos. Así de tan vivos estamos.

No vengo yo a montar gresca, más que nada porque me la suda montarla, pero quiero dejar claro que no forma parte Cora Yako del indie de mierda este con nombres o gentilicios de países y camisas hawaianas que suena todo el rato igual a encefalograma plano. Cora Yako sí late y ‘Barcelona’ es una temazo que me flipa porque allí siempre pasan cosas inesperadas, que me darían para una novela loca. Igual me dan el Premio Planeta, que es a lo que voy cada año desde hace un lustro con infoLibre (to pagao, ya os contaré).

El jueves es finde

Se hicieron los pogos de rigor, el personal voló sobre nuestras cabezas (yo creo que de más, porque antaño… bueno, mejor me callo) y sonaron temazos considerables. Hay un guiño que nadie entendió salvo literalmente tres personas en la sala al ‘Crazy Train‘ de Ozzy Osbourne justo antes de ‘400 días de verano’. Que ya me dirás tú qué tiene que ver esto con el heavy metal, pero mira, de alguna manera sí, todo es la predisposición.

Se acaba la hora y media a toda hostia porque la Joy Eslava (ya me gustaría poder usar el nombre actual, que a su vez era el de antaño, pero me es imposible) quiere echarnos y montar la discoteca. Así que nos vamos corriendo, que vienen los clientes de verdad. En fin. La última es ‘Fin de semana‘ y yo quiero decir desde aquí, ante la pregunta de si el viernes es o no es finde, que el verdadero día del finde es el jueves. Todo depende, siempre, de las ganas que tengas de morir en las calles.

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